—¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?—pregunté sin hacer caso de la nueva explosión colérica de la mujer británica. ¿Se puede saber?

—Era de mi señorita.

—¿Y qué fué de su señorita?—dije con la mayor ansiedad.

—¡Ah! ¿Usted la conocía?—repuso la mujer.—Era muy buena, ¿ver- dá uste?

—¡Oh! excelente… Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquéllo?

—De modo que usted está enterado, usted tiene moticias…

—Sí, señora… He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del té… pues. Y diga usted ¿murió la señora?

—¡Ah! sí, señor; está en la gloria.

—¿Y cómo fué eso? ¿La asesinaron, ó fué á consecuencia del susto?

—¡Qué asesinato, ni qué susto!—dije con expresión burlona—usted no está enterado. Fué que aquella noche había comido no se qué, pues … y le hizo daño… Le dió un desmayo que le duró hasta el amanecer.