Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes riéndose también, salieron sin contestarme palabra. El único ser vivo que conservó su serenidad de esfinge en tal cómica escena fué la inglesa, que indignada de mis extravagancias, se volvió á los demás viajeros diciendo:

—¡Oooh! A lunatic fellow.

VI

El coche seguía, y á mí me abrasaba la curiosidad por saber que había sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza, como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil celada de Mudarra.

Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos para mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno. ¡Trágica y espeluznante escena!—pensaba yo, más convencido cada vez de la realidad de aquel suceso—¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven en las novelas!

Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí al perro que había visto recostado á los piés de la Condesa; era el mismo, la misma lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La suerte quiso que aquélla mujer se sentara á mi lado. No pudiendo yo resistir la curiosidad, le pregunté:

—¿Es de usted ese perro tan bonito?

—¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta á usted?

Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia; pero él, insensible á mis demostraciones de cariño, ladró, dió un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió á enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó:

—¡Oooooh! usted… unsupportable.