—Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la mandó tocar el piano y ella no se atrevió á resistir. Tocó como siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué á olvidarme de la peligrosa situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos que ella hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fué imposible fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las teclas echó la cabeza atrás y dio un grito. Entonces su marido sacó un puñal, y dando un paso hácia ella exclamó con furia: «Toca ó te mato al instante.» Al ver esto hirvió mi sangre toda: quisé echarme sobre aquel miserable; pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte; creí que repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago; fuego corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo sin sentido.

—Y antes ¿no conocístes los síntomas del envenenamiento? le preguntó el otro.

—Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida.

—Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?

Rafael iba á contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras pendiera un secreto de vida ó muerte, cuando el coche paró.

—¡Ah! ya estamos en los Consejos; bajemos—dijo Rafael.

¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia.

—Caballero, caballero, una palabra—dijé al verlos salir.

El jóven se detuvo y me miró.

¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora? pregunté con mucho afan.