El jóven estaba detrás de ella, el conde á su derecha, apoyado en el piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero debía encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque tornaba á bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de sonar y la Condesa dió un grito.

En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí violentamente y desperté.

V

En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado caer sobre la venerable inglesa que á mi lado iba.

—¡Aaah! usted… sleeping… molestar… mi dijo con avinagrado mohin, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus rodillas.

—Señora… es verdad… me dormí,—contesté turbado al ver que todos los viajeros se reían de aquella escena.

—¡Ooo!… yo soy… going… to decir al coachman… usted molestar… mi… usted, caballero… very shocking,—añadió la inglesa en su jerga ininteligible: ¡Ooh! usted creer… my body es… su cama for usted…to sleep. ¡Ooh! sir, you are a stupid ass.

Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre agolpada á sus carrillos y á su nariz á brotar iba por sus candentes poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi paquete y pasé revista á las nuevas caras que dentro del coche había. Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! cuál sería mi sorpresa cuando ví frente á mí ¿á quién creeráa? al jóven de la escena soñada, al mismo D. Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme de que no dormía, y en efecto, despierto estaba, y tan despierto como ahora.

Era él, el mismo, y conversaba con otro que á su lado iba. Puse atención y escuché con toda mi alma.

—¿Pero tú no sospechaste nada? le decía el otro.