—Señora, cálmese usted. Yo siento mucho.
—Sí; lo comprendo todo. Ese hombre infame. Ya sospecho cual habrá sido su idea. Salga usted al instante. Pero ya es tarde; ya siento la voz de mi marido.
En efecto, una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata, y al poco rato entró el Conde, que fingió sorpresa de ver al galán, y después riendo con cierta afectación, le dijo:
—¡Oh! Rafael, usted por aquí… ¡Cuánto tiempo!… Venía usted á acompañar á Antonia… Con eso nos acompañará á tomar el té.
La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El jóven, en su perplejidad, apenas acertó á devolver al Conde su saludo. Ví que entraron y salieron criados; ví que trajeron un servicio de té y desaparecieron después, dejando solos á los tres personajes. Iba a pasar algo terrible.
Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una hilaridad aturdida, semejante á la embriaguez, y el jóven callaba, contestándole sólo con monosílabos. Sirvió el té, y el Conde alargó á Rafael una de las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa miró aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció echar en ella todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la poción con muchas variedades de las sabrosas pastas Huntley and Palmers, y otras menudencias propias de tal clase de cena. Después el Conde volvió á reir con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche, y dijo:
—¡Cómo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca algo. Hace tanto tiempo que no te oimos. Mira… aquella pieza de Gorstchack que se titula Morte… La tocabas admirablemente. Vamos, ponte al piano.
La Condesa quiso hablar; érale imposible articular palabra. El Conde la miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus ojos, como la paloma fascinada por el boa constrictor. Se levantó dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle algo que la aterró más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonó el piano, heridas á la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves á las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja. Al principio era la música una confusa reunión de sones que aturdía en vez de agradar; pero luego serenóse aquella tempestad, y un canto fúnebre y temeroso como el Dies irae surgió de tal desorden. Yo creía escuchar el son triste de un coro de cartujos, acompañado con el bronco mugido de los fagots. Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de ser los que exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio á pedir incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde.
Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y atropellados remolinos.
Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y magestuosa; no podía ver el semblante de la condesa, sentada de espaldas á mí; pero me la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué á pensar que el piano se tocaba solo.