—Y á usted que le importa?—dijo el otro con muy avinagrado gesto.
Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia.
¿No es verdad que parece cosa de novela?
—¿Qué novela ni qué niño muerto? Usted está loco ó quiere burlarse de nosotros.
—Caballerito, cuidado con las bromas—añadió el alto y seco.
—¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado varias escenas de ese horrendo crímen. Pero dicen ustedes que la condesa murió de un pistoletazo.
—Válgame Dios: nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra, á quien cazando disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como merece.
—Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad, manifesté juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas, convirtiendo en perra á la desdichada señora.
Ya preparaba el otro su contestación, sin duda, más enérgica de lo que el caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo á la sien, como para indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse con esto, y no dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó para ellos en la puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo.
Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería serenar mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan embrollada cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imágen de la pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes que iban sucediéndose dentro del coche, creí ver algo que contribuyera á explicar el enigma. Sentía yo una sobrescitación cerebral espantosa, y sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro, porque todos me miraban como se mira lo que no se vé todos los días.