Aún faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su señora: él quedó junto á mí. Era un hombre que parecía afectado de fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el pañuelo á los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda corrían bajo el cristal verde oscuro de sus descomunales amtiparras.

Al poco rato de estar allí, dijo en voz baja á la que parecía ser su mujer.

—Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir D. Nateo. ¡Desdichada mujer!

—¡Qué horror! Ya me lo he figurado también—contestó su consorte.
¿De tales cafres qué se podía esperar?

—Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.

Yo, que era todo oidos, dije también en voz baja:

—Sí señor; hubo envenenamiento. Me consta.

—¿Cómo, usted sabe? ¿usted también la conocía?—dijo vivamente el de las antiparras verdes, volviéndose hácia mí.

—Sí señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que quieran hacernos creer que fué indigestión.

—Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted…?