—Lo sé, lo sé,—repuso muy satisfecho de que aquel no me tuviera por loco.
—Luego, usted irá á declarar al juzgado; porque ya se está formando la sumaria.
—Me alegro, para que castiguen á esos bribones. Iré á declarar, iré á declarar, sí señor.
A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de aquel suceso mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que es pluma esto con que escribo.
—Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue á los autores del crímen. Yo declararé: Fué envenenada con una taza de té, lo mismo que el joven.
—Oye, Petronila—dijo á su esposa el de las antiparras—con una taza de té.
—Sí, estoy asombrada—contestó la señora.—¡Cuidado con lo que fueron á inventar esos malditos!
—Sí, señor; con una taza de té. La Condesa tocaba el piano.
—¿Qué Condesa?—preguntó aquel hombre interrumpiéndome.
—La Condesa, la envenenada.