—Si no se trata de ninguna condesa, hombre de Dios.
—Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo.
—Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guarda-agujas del Norte.
—¿Lavandera, eh?—dijo en tono de picardía.—¡Si también me querrá usted hacer tragar que es lavandera!
El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que ví hacer á la señora, comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé, contendándome con despreciar en silencio, cual conviene á las grandes almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi zozobra; la Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado á interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas visiones y diálogos. En fin, para que se comprenda á qué extremo llegó mi locura, voy á referir el último incidente de aquel viaje; voy á decir con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi entendimiento empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras.
Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que frente á mí tenía miré á la calle, débilmente iluminada por la escasa luz de los faroles, y ví pasar á un hombre. Dí un grito de sorpresa, y exclamé desatinado:—Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el autor principal de tantas infamias. Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté á la puerta, tropezando con los piés y las piernas de los viajeros; bajé á la calle y corrí tras aquel hombre, gritando:—¡A ese, á ese, al asesino!
Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico barrio.
Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la tarde, fué detenido. Yo no cesaba de gritar:—¡Es el que preparó el veneno para la Condesa, el que asesinó á la Condesa!
Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba loco; pero que quieras que nó los dos fuímos conducidos á la prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance, fué el de haber despertado del profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral, producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura definitiva.
Come es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias porque el antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado á condesa alguna. Pero aún por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía exclamar: «Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días á mano de tu iracundo esposo…»