—Quiero decir que la impresión que en mí produjo aquel encuentro ha sido tan duradera, que a veces se reproduce ella misma, sin causa real... La imaginación...
—Diga usted los nervios. Cuidado con creer en duendes y apariciones.
Callamos todos, contemplando las menudas ascuas de la copa de bronce que, mezclándose con la blanca ceniza, lanzaban su último brillo; existencias que, próximas a expirar, dirigían a los vivos su postrer mirada. Baraona, Jenara y yo mirábamos en silencio la moribunda lumbre. Todo callaba en derredor nuestro. Era la hora en que los espíritus pusilánimes y los niños suelen tener miedo, y para ahuyentarlo, al ir a acostarse, atraviesan corriendo y cantando los largos pasillos y las oscuras piezas. Era la hora en que las puertas de algún ventanejo alto y lejano suelen dar porrazos, estremeciendo la casa y el corazón de sus habitantes. Era la hora en que el gato trasnochador suele lanzar lastimeros ayes, que parecen llanto de criaturas, o algazara de voladoras brujas que van por los aires a sus repugnantes asambleas. Era la hora en que el viento suele ponerse en la boca el tubo de la chimenea, como un gigante que sopla su bocina, y cantar, decir o refunfuñar alguna horripilante estrofa, que hiela la sangre en las venas del inquieto durmiente... Los tres nos hallábamos profundamente pensativos, cuando sonó de improviso en lo interior de la casa inusitado estrépito, una puerta que se cerró, un mueble que vino al suelo, un golpe, un tiro, qué sé yo... una nada, una tontería, un fútil accidente; pero que sin duda, a causa de la hora y de cierta predisposición de espíritu, nos estremeció a todos.
—¿Qué es eso? —chillamos a una vez.
Miré a Jenara. Estaba blanca como el papel, y sus dientes chocaban.
—Es la puerta de mi cuarto que ha dado un golpe. Quedó abierta la ventana de la calle... —dije yo, tranquilizándome por completo.
Al cabo de un instante me sentaba de nuevo junto al brasero, después de cerciorarme de la insignificante causa de nuestro pueril miedo. Jenara seguía temblando; yo me reí, y ella, arropándose en su mantón, dijo que tenía frío. Baraona, levantándose, dio la orden de acostarse todo el mundo.
Les acompañé a sus habitaciones. Al pasar por la extensa galería que las separaba de las mías y del comedor, observé que Jenara dirigía miradas inquietas a un lado y otro. La sombra de nuestros cuerpos sobre la pared atraía sus miradas con más fijeza de lo que una vana sombra merece. Yo iba tras ellos. Cuando les despedí en la puerta, Jenara me dijo: «Entre usted.» Seguía temblando, y como yo le interpelase sobre aquella injustificada desazón, solo contestaba:
—Tengo frío.
Obligome a que registrara su habitación; a que asegurase las puertas, las cerraduras de las ventanas, y cuando me retiré al fin después de manifestarle lo innecesario de tales precauciones, echó llaves y cerrojos por dentro, quedándose acompañada de su criada.