—¿Le observó usted bien?
—Está más moreno, mucho más moreno que antes. Sus ojos queman; su boca, al sonreírse con ironía, no sé si hambrienta o sanguinaria, muestra unos dientes más blancos que el marfil; su aspecto infunde miedo y dolor. Viste de un modo extraño, anda de prisa, pasa y mira.
—¿Pero le ha visto usted una sola vez? —pregunté, asombrado de tantos detalles.
Un ratito tardó en contestarme. Luego, mirando al suelo, dijo:
—Una sola vez... Yo corrí para salir de la iglesia. Desde la puerta miré hacia dentro, y vi que un fraile se le acercó.
—¡Un fraile!... —murmuró sordamente Baraona—. ¡Buenos están también!
—¿Y dice usted que desde ese día no ha vuelto a verle? —pregunté a Jenara.
Después de vacilar, me contestó:
—No... no puedo asegurar que haya vuelto a verle... ni tampoco que no le haya visto.
—¿Cómo es eso?