—Harías la obra más meritoria y más patriótica de tu brillante carrera, Pipaón —manifestó Baraona con semblante adusto—. Mi nieta y yo te lo agradeceríamos mucho más que esos mil favores de oficina que nos hiciste. ¡La justicia! ¡El castigo del crimen, de la traición, de la herejía, del engaño!... Yo deliro por esto. La justicia sin aplicación no es ni será más que una palabra inútil. No hay que decir que se encargue Dios de castigar al criminal, no. Aparte de esto, a nosotros, hombres, nos corresponde no dar paz a la cuchilla, para que los díscolos aprendan, para que los buenos teman y los extraviados se corrijan... ¿Por ventura habría llegado a la tierra de Promisión el pueblo elegido, si Moisés, por orden de Dios, no hubiera aplicado tremendos y merecidos castigos? ¡Oh! ¡Cuán hermoso espectáculo dio aquí Su Majestad dictando a poco de su llegada rigurosas leyes contra los francmasones y liberales! Yo creí que el pueblo elegido llegaría a la tierra de Canaán; pero no, ya veo que se quedará en mitad del camino. Todo es debilidad: las leyes no se cumplen; cada cual hace lo que más le agrada; son presos los pequeñuelos, mientras los grandes conspiran; alrededor del trono alzan su cabeza enmascarada de sonrisas la traición y la sedición; todos los militares trabajan sordamente en la masonería. Es esto un constante hervidero de inquietud, de amenaza, de ambiciones locas que surgen, como los insectos en el muladar, de la gran escoria del reino; los magnates se ocupan de convites y cenas, mientras los masones proyectan comerse a la nación; son cogidos algunos criminales conspiradores, y a poco se les suelta; reina una confabulación espantosa entre los conspiradores y la policía, entre presos y carceleros, entre alguaciles y alguacilados para taparse sus respectivas infamias, y hasta la Inquisición, volviéndose tibia y complaciente, es un cuchillo que se ha hecho alfiler; apenas pincha... Todo es flojedad, enervación, raquitismo, pequeñez. La nación, que tan enérgica, varonil y potente ha sido contra el extranjero, es en su vida interior un juego de chiquillos, que retozan en el fango, y con el fango hacen bolas que se arrojan unos a otros, no para matarse, sino para mancharse... ¡Quiero morirme de una vez, si no he de vivir más que para ver esto! ¡Los hombres como yo estamos de más en reuniones de muchachos! El papel de Herodes es difícil, y el de maestro de escuela ridículo.
III
Dijo, y siguió accionando en silencio durante un rato. Estaba desasosegado y colérico. La enorme desproporción entre su energía intelectual y su fuerza física, entre sus ideas y su posición, le ponían en aquel estado de frenesí, tan semejante a una monomanía furiosa.
—En algunas cosas tiene usted razón, señor don Miguel —dije—. No se castiga todo lo que debiera castigarse; pero si ese humor de mil demonios que usted tiene se ha de aplacar con la prisión y escarmiento de Salvador Monsalud, dese usted por curado... Hablaremos a Lozano de Torres... aunque sigo en mis trece, y sostengo que ese desgraciado no está en Madrid. Debe de haber error en esto.
—Está, está en Madrid —afirmó segunda vez Jenara, clavando en mí sus ojos azules, cuya serenidad se alteró visiblemente—. Yo le he visto.
Al decir yo le he visto, se puso pálida. Su semblante expresaba más bien miedo que cólera.
—¿Le ha visto usted?
—Hace seis días —dijo palideciendo más— fui a misa a la iglesia del Rosario, que está aquí cerca. Después de oír misa y de rezar, me dirigí a la puerta. La iglesia era toda oscuridad. Pasaba yo junto a la entrada de una capilla, cuando sentí más bien que observé la proximidad de un bulto, de una figura, de un hombre. Llegó hasta mí una corriente de aire frío, cual si una capa se agitara a mi lado; yo temblé. Al mismo tiempo, llevadas por aquel aire glacial, sonaron en mis oídos estas palabras, dichas con marcado tono de burla o ironía: «Adiós, Generosa...» Me estremecí toda; tropecé en una estera, y ya tocaban mis rodillas en el suelo, cuando una mano me levantó con energía. En el mismo instante, alguien levantó la cortina del cancel, entró alguna luz, y vi a mi lado una cara muy morena, la misma cara. ¡Jesús!
Daba Jenara a su relación un interés inmenso. La patética emoción del drama se pintaba en su semblante.
—Nunca he tenido —añadió— tan fuerte impresión, no sé si de miedo, no sé si de ira, no sé si de lástima... En término muy breve mis sensaciones fueron muy diversas, traídas la una por la otra. Temblé, como si sintiera la mano del demonio agarrando la mía... creí que iba a ser asesinada en aquel mismo instante... me pareció que aquel hombre no era un diablo ni un asesino, sino simplemente un pobre que me pedía limosna... se me representaron uno tras otro los crímenes de Monsalud, desde su traición a la causa nacional hasta su duelo con Carlos... no vi luego más que desgracia, mendicidad, hambre... ¡y qué cara, santo Dios!