—No... dejémonos de generosidades humillantes.

—Eso es... palo en él... duro. Sea usted, como yo, inexorable.

—Sí —dijo la dama, levantándose y mostrándome su rostro teñido súbitamente de apasionados fulgores—. Sí; la palabra de estos tiempos, el lema de mi familia debe ser: ¡castigo!

—¡Castigo! Sí. ¡Qué bien he interpretado su deseo!

—Mi deseo es... ¡que muera!

Descargó la trágica mano en el aire, y su hermoso semblante, lleno de luz, de majestad, de inexplicable imán de amores, se entenebreció con el ceño propio de una divinidad ofendida y vengadora.

Al mismo tiempo sonaron voces en la puerta de la casa.

—¡Mi marido! —gritó la dama.

Después de breve pausa de confusión y estupor, Jenara corrió al encuentro de Carlos Navarro, que acababa de llegar en compañía de dos amigos, dos guerrilleros barbudos, dos salvajes de voz dura y miradas terribles, cuerpos y voluntades de acero.

Un instante después de su llegada, yo me colgaba al cuello de Carlos Garrote, y estrechándole ardorosamente hasta sofocarle, le decía con voz conmovida: