Y era verdad que los notaba.

—Justicia y generosidad no se excluyen —me respondió—. Ya he dicho que detesto al delincuente, pero que compadezco al encausado.

—Estoy notando que en el espíritu de usted se encadenan de una manera misteriosa el odio y la compasión. De tal manera las pasiones humanas, originándose las unas a las otras, llevan el alma a extremos lamentables.

—¿Dice usted que ahora no escapará?

—Pero ¿no sabe usted que el marqués de M*** está en el ministerio? Con esto se ha dicho todo. Le ahorcarán sin remedio, y pronto, muy pronto. Ya se acabó la impunidad de los agitadores y jacobinos. Por cierto, Jenarita, que usted y yo nos hemos lucido. ¡Qué gran servicio hemos prestado o la patria! Lástima grande que no siguiera usted descubriendo criminales y yo echándoles el guante.

Dirigiome una mirada rencorosa. Arrojándose en un sillón, apoyaba su frente en la palma de la mano.

—Cuando se pasa la noche sin dormir —dijo—, la cabeza es de plomo.

—¡Noche de emociones! —indiqué—. Yo sí que las he tenido buenas. Figúrese usted... ¡Tener que vender a un hombre de quien uno ha sido amigo!... ¡Entregarle a la justicia!... ¡Engañarle!... ¡Es horrible!... Y todo lo he hecho por usted, Jenara, por complacerla, por dejar satisfechas esas violentas pasiones de la mujer más caprichosa del mundo.

—Mi abuelo dice que ya no ahorcan a nadie —indicó, fijando en mí sus ojos que pedían no sé qué desconocida misericordia.

—¿Se inclina usted a la generosidad? ¿Venimos ahora con blanduras? Las mujeres... nunca se sabe lo que quieren.