—Nada comprendo. Solo sé que, después de charlar en confianza, salieron ustedes juntos.

—¿Y lo demás, es preciso decirlo letra por letra?... ¡Qué tonta es la niña!... ¿Pues no se comprende que si salí con él fue para llevarlo astutamente y con sutil engaño a un punto donde no pudiera hacer ninguna resistencia?...

—¡Para prenderle!

—Pues es claro... ¡Y se asombra!... ¿Pues no era este el gran empeño de usted?... El infeliz, al escapar de la emboscada que le prepararon en su casa, creyó encontrar refugio y amparo en la mía; pero se la he pegado bien... Fingiendo conducirle a paraje seguro, le puse entre los dientes del dragón. Conque, señora mía, los vivos deseos de usted están satisfechos. ¿Me he portado bien?

—¿De modo que fingiéndose amigo...?

—Eso es, simulando que le protegía, le entregué a los sayones de don Buenaventura, que darán cuenta de él.

—¡Qué felonía! —exclamó con arranque espontáneo.

Después, tratando de reponerse, me dijo:

—Pero más vale así, para que no se pierda mi trabajo.

—¡Ah! Lo que es esta vez subirá al cadalso, estoy seguro de ello... Pero noto en el semblante de usted síntomas de lástima, Jenara.