Gran asombro me causó hallar a Jenara levantada. Su palidez indicaba doloroso insomnio. Tenía en los ojos un exceso de atención y de vida, semejante a los primeros síntomas del delirio mental.

—¿Cómo es eso?... ¿En pie a estas horas? —le dije.

—Gusto de madrugar —me respondió señalando las ventanas por donde entraban las primeras luces del día—. Vea usted. Ya amanece.

—¡Ah, señora! —exclamé compungido—. Vengo de cumplir el más penoso de los deberes... ¡Terrible trance que ha llenado de angustia mi corazón!... pero, en fin, el deber es lo primero.

—¿De qué habla usted?

—¡Y me lo pregunta! ¡Y se hace la ignorante!... Pues qué, ¿necesito decir que ese miserable enemigo nuestro se halla en poder de la justicia, que bien pronto, ¡oh dolorosa y tristísima idea!, le hará expiar sus nefandos delitos?

—¿El que entró aquí?... —preguntó, venciendo su perplejidad.

—Pero, Jenara, ¿es posible que no haya comprendido usted mi intención y el gran celo con que esta noche la he servido?

—¿A mí?

—¡A usted! Francamente, amiga mía, solo por usted, solo por el gran amor que profeso a su familia, he podido yo acometer la penosa empresa de esta noche... Le aseguro que mi corazón está destrozado.