—¿Es hora ya de que nos separemos? —le pregunté.
—Sí, te ruego que no me acompañes más. Ahora necesito estar solo.
—¿Y no puedo seguir en tu agradabilísima compañía hasta el momento en que te pongas en camino?
—No, querido Pipaón. Ahora deseo quedarme solo. Unos amigos me esperan aquí. Tengo que arreglar mi viaje. Conque...
—¡Pues adiós, ilustre y heroico joven! —le dije abrazándole—. ¡Cuántas cosas han pasado desde que te apareciste en mi casa! ¡Qué nuevo mundo de ideas! Entre morir y resucitar no hay tanta diferencia. ¡Si me parece que he vuelto a nacer!... Soy otro, Salvador.
—Falta que seas consecuente, que comprendas bien la gravedad de tu misión ahora.
—Tomándote por modelo, mi querido amigo, no me equivocaré... ¡Venga otro abrazo... otro! Si no me canso de abrazarte. Que vuelvas pronto y nos traigas la revolución. ¡Oh, la revolución!...
—Adiós.
—Soy todo tuyo... todo tuyo y de la libertad. Adiós.
Nos separamos. Yo corrí a mi casa. El frío de la madrugada, azotándome el rostro, obligábame a marchar velozmente como un ladrón que huye, o un amante que acude a la cita.