—Pero el señor Villela, aunque conspira, conspira a lo cortesano, y es esclavo de las conveniencias. Es mi amigo; pero solo hasta cierto punto, y en tanto cuanto no se comprometa por mí. No creas que me fiaría del Elefante en un caso de apuro. Los protectores y cómplices de la corte sirven de poco. ¿Piensas que me hubiera sido fácil escapar de las garras del marqués de M*** si por desgracia hubiera caído en ellas esta noche?

—Tú me has dicho que has sobornado a muchos polizontes, y por lo que Seudoquis me indicó, se comprende que la policía no os molestará mucho.

—Pero no estoy libre de la policía de la Inquisición —añadió Salvador—, lo cual es muy distinto.

—Hace poco, cuando estábamos en aquellos sótanos tan apacibles, me dijiste que la Inquisición era una burla, un fantasma.

—Una burla y un fantasma porque no es lo que era, es decir, porque no quema, ni descuartiza, ni descoyunta; pero aún tiene presos, y alguna vez se da el gustazo de atormentar. Si he de hablarte con franqueza, en este período de perdición y desvanecimiento en que ha entrado el absolutismo, no temo ni que me ahorquen ni que me fusilen, porque además de la flojedad del gobierno, no faltaría quien me salvase; pero temo las molestias, y, sobre todo, la falta de libertad. Por eso varío de domicilio con tanta frecuencia, con objeto de evitar a los infames hurones que olfatean la revolución, faltos de valor para destruirla. Por eso he organizado una especie de policía a mi manera, que me permite conocer gran parte de lo que pasa en los ministerios y en Palacio, en la corte y fuera de ella.

—¡Admirable habilidad la tuya! Por lo que has hecho en mi casa, juzgo de lo demás —le dije—. Ya no me sorprende que tuvieras noticia de la orden secreta dada por el Supremo Consejo para poner en libertad a tu madre, ni que sepas la venida de Carlos Navarro, cuando su misma mujer no lo sabía.

—Lo supe por un amigo llegado ayer.

—Mientras más hablo contigo, más me alegro de renovar nuestra antigua amistad —le dije cariñosamente y con franqueza—. Creo que entre los dos podremos hacer algo de provecho. Sigamos nuestras relaciones... escríbeme... Quiero saber día por día cómo va nuestra querida revolución... porque yo, Salvador, soy todo tuyo.

—Entusiasmado estás. Veremos si dentro de algún tiempo dices lo mismo —me contestó deteniéndose.

Habíamos llegado a la Puerta del Sol y junto al café de Levante.