—En ese período estamos, amigo.

—¿En el de los cuatro pies?

—Exactamente. Yo le digo a la sociedad española: «levántate», y me responde: «no sé andar derecha.» Los frailes y los palaciegos le aconsejan que no se meta en la peligrosísima aventura de marchar como la gente. Al fin tanto la azuzamos, que se levanta.

—¡Y a los pocos pasos, al suelo!

—Pero la estimulamos de nuevo con ruegos, o a latigazos, si es preciso. Afligida, repite ella: «Si no sé, si me caigo, ¿qué debo hacer para aprender a andar?» Y le contestamos: «Andar, andar siempre.»

—Bien, muy bien, señor Monsalud —dije riendo—. Dios quiera que el tropezón que vamos a dar ahora no sea tal, que nos rompamos las narices...

—Y andará, al fin tiene que andar. Decirte cuánto he trabajado porque llegue el día del triunfo; pintarte los peligros que he corrido, y la extraordinaria constancia mía al inaugurar una tentativa al pie mismo de los cadalsos donde ha expirado la anterior, sería imposible. Esta fuerza, este afán incesante, sin desmayar nunca, sin desconfiar del éxito, a pesar de las repetidas contrariedades que han agobiado y descorazonado a tantos, no se tiene sino cuando el alma está llena y ocupada por esas ardientes y potentes ideas, por las pasiones políticas que alientan y queman. Para desafiar la muerte es preciso no temerla, y este arrojo imperturbable solo cabe en corazones limpios de toda ambición pequeña.

—Comprendo que los trabajos han sido muchos; pero no me hables de los peligros, porque no creo en ellos. Pues qué, ¿no es sabido que los conspiradores, masones, o lo que sean, burlan la policía y la justicia, cual si estuviesen de acuerdo con el gobierno?

—Te diré: es cierto que hoy se ha relajado considerablemente la justicia; pero es porque al gobierno le ha entrado ya el mareo de la perdición, le ha entrado el aturdimiento que indica su próxima ruina. El absolutismo mismo, esa fiera indócil, incapaz de benignidad, parece como que quiere congraciarse con la revolución. Esto no es tolerancia, Pipaón, esto es cobardía... Recuerda que Porlier fue ahorcado, Lacy fusilado, y Vidal y sus infelices compañeros inmolados también en un aparato lúgubre que indica la crueldad más refinada... Hoy el absolutismo no ahorca; mas no porque no sepa hacerlo. Ahora le toca a él tener miedo... Sin embargo, la impunidad que hoy disfrutan los revoltosos tiene sus límites. Cierto que hacen su voluntad y conspiran multitud de personajes que han ocupado altos puestos o los ocupan hoy. Con estos transigirá siempre el gobierno, porque no es cosa de meter en la cárcel a un consejero de Estado o a un Capitán General. Con los que el absolutismo no transige es con los que, como yo, no son ni siquiera sargentos, ni siquiera covachuelos, y se atreven, sin embargo, a atentar contra lo existente. Para los que no somos nada, la impunidad no existe. Otros, si son cogidos, sufrirán pequeño arresto, o una detención insignificante, recibiendo algún recadito del ministro, de tal dama, o de cual palaciego: en cambio yo y otros como yo, si somos cogidos, lo pasaremos mal.

—¿No eres amigo del señor Villela?