—Usted habrá notado que mi mujer no me hace feliz —dijo, expresándose con cierta dificultad, como quien no encuentra la palabra propia—, quiero decir... pues... quiero decir que no soy completamente feliz con mi esposa.

—Señor don Carlos, me parecía haber notado eso.

—Sin duda mi carácter es muy opuesto al suyo. Sin duda ella tiene la cabeza llena de proyectos fantásticos y su alma toda entregada a ilusiones locas. Yo vivo en la tierra, soy rutinario, pacífico, me gusta la vida ordinaria que se va deslizando tranquila por la suave pendiente de los fáciles deberes fácilmente cumplidos; ella es un alma de dificultades... no sé si me expreso bien... quiero decir, que Jenara no puede vivir sino donde hay tumulto y algún monstruo con quien luchar.

—Ahora lo entiendo menos.

—Quiero decir que Jenara tiene en su alma un laberinto.

—¿Un laberinto?

—Una batalla constante con sombras, con fantasmas, con cosas grandes y enormes que atropelladamente se levantan dentro de ella y la llaman y le arrojan piedras como montañas...

—¡Ah!, señor don Carlos, juro a usted que no entiendo una palabra.

—Pues yo sí lo entiendo —repuso con tristeza—. Esto que hablo, ella misma me lo ha dicho. Me lo dijo a poco que nos casamos. ¡Ah!, señor de Pipaón, yo no debí casarme con Jenara. Ella pudo ser franca también y no casarse conmigo; debió buscar su igual, y su igual no soy yo.

—Aprensiones, mi señor don Carlos.