—Realidades, mi señor don Juan. El resumen de todo es que yo amo extraordinariamente a mi mujer, porque soy más pequeño que ella, y que mi mujer no me quiere a mí porque es más grande que yo. Lo grande desprecia siempre a lo pequeño; es ley eterna. ¡Oh!, Dios mío, ¡cuán difícil es resolver la cuestión de tamaño en las almas!
—Creo que usted se deja llevar de ideas falsas, de cavilaciones...
—No, todo es realidad, realidad —dijo Carlos con el aplomo que da una convicción profunda—. Mi mujer no me ama. Si en esto no hubiese más que un simple asunto de amores, me callaría; sí, padeciendo, me callaría; dejaría correr la enorme rueda de molino que da vueltas sobre mi corazón y lo tritura... pero esto es también una cuestión de honor.
—¿De honor?...
—¡Sí, porque Jenara no es mi querida, es mi esposa! —exclamó sombríamente, clavando en mí el rayo de sus negros ojos—. Es mi esposa, y si mi esposa (entienda usted bien que es mi esposa, unida a mí por lazo indisoluble) olvidase sus deberes y me fuese infiel...
Al decir esto, Carlos me había agarrado el brazo, y con su fuerza hercúlea me lo estrujaba sin piedad, y se ponía pálido y echaba el globo de los ojos fuera del casco, y tenía una expresión de ferocidad que me dejó helado. Acabó así la frase:
—Si me fuera infiel... ¿Ha visto usted matar a un pájaro? ¡Pues lo mismo la mataría!
—Perdone usted, señor don Carlos —dije con mucha congoja—; pero mi brazo... este brazo que usted quiere convertir en polvo, no ha sido infiel a nadie, y...
Garrote me soltó.
—Lo que quiero, señor de Pipaón —añadió—, es que usted me diga todo lo que sabe.