—Yo no sé nada.

—Durante mi ausencia, Jenara ha vivido en su casa de usted.

Como las miradas de Carlos despedían saña y rencor, pensé si tendría celos de mí, absurda idea que a nadie podía ocurrírsele. Yo me distinguía por mi fealdad, y carecía de cualidades propias para agradar a mujeres como Jenara. Era imposible que Carlos tuviese tal sospecha.

—Mientras usted ha estado fuera, la conducta de Jenara ha sido ejemplarísima —le dije.

—¡Mentira!, ¡mentira! —exclamó sacudiendo la cabeza, que en aquel instante me parecía una hermosa cabeza de león—. Si usted me oculta la verdad, sospecharé...

—¿De mí?

—Oiga usted —dijo con misterio, frunciendo el ceño torvo—. A fuerza de dinero, he obtenido la confesión de una doña Fe que sirvió en la otra casa. Me ha dicho que mi mujer salía algunas veces a altas horas de la noche; me ha dicho que se estaba días enteros fuera; que andaba a la pista de un hombre; que hacía averiguaciones para saber su paradero, derrochando el dinero; que algunas veces salía, no volviendo hasta el día siguiente, siempre en compañía de Paquita, esa criada infame a quien separé de su lado cuando llegué.

Al oír esto, no pude contener la risa. Carlos, al verme reír, se enfureció más.

—Calma, mucha calma, amigo mío —le dije—. Si no tiene usted otros motivos de disgusto... Afortunadamente estoy enterado de eso, y disiparé tales sospechas.

—Ya... me dirá usted que mi mujer salía de casa para andar en trotes de caridad, para repartir limosnas... Aunque torpe, ya conozco el estribillo.