—Nada de eso. Jenara andaba a la pista de un hombre, de un criminal, señor don Carlos, de un conspirador. ¿Apostamos a que no lo cree?... ¿apostamos a que lo toma usted a risa?...

—Señor de Pipaón, mi mujer no es alguacil.

—Señor don Carlos, su mujer de usted lo es.

En breves palabras le conté lo ocurrido, empezando por el encuentro de Jenara con Salvador Monsalud en la iglesia del Rosario. Después referí el empeño febril que había mostrado porque le cogiese la policía, y, por último, sus afanosas pesquisas, tanto más enérgicas cuanto más impropias de una mujer. Carlos me oyó atentamente. Parecía muy asombrado de mi relato; pero no estaba tranquilo.

—¿Le parece a usted inverosímil lo que ha hecho Jenara? —le dije.

—No me parece inverosímil. Eso puede caber en su carácter. Una extravagancia que en otra sería increíble, es en ella natural.

—Entonces, ya se han disipado las dudas.

—No señor; al contrario.

—¿No cree usted lo que he dicho?

—Lo creo: a quien no creo es a ella, es decir, tengo la convicción de que mi mujer le engañó a usted, haciéndole creer toda esa comedia de Salvador Monsalud, y la conspiración y los alguaciles. El infame renegado no ha intervenido para nada en este asunto. ¡Farsa, pura farsa!