—Yo tengo pruebas de que Jenara no me engaña.

—¡Farsa, ridícula farsa!

Traté de convencerle, refiriéndole la frustrada captura de su enemigo, y dándole datos y razones de gran peso; mas no era posible vencer la tenacidad de aquel pensamiento, al cual se adaptaban las ideas con invencible cohesión. Era vascongado.

—El ingenio de Jenara —dijo sombríamente— es inagotable. Dios le ha dado la filosofía suprema del engaño, la luz divina del disimulo. Penetrar su pensamiento es obra superior a la perspicacia de los hombres. Tiene las insondables argucias del demonio debajo de la sonrisa de los ángeles. Solo Dios puede saber lo que hay bajo el azul de sus ojos. El azul de los cielos, ¿no es una mentira?, pues el mirar de ella es una inmensidad de embustes.

Una idea acudió veloz a mi mente, y aunque atrevida no vacilé en manifestarla, diciendo:

—Oiga usted lo que se me ocurre, amigo mío. Quizás sea esto un absurdo; pero ya que los dos tratamos de encontrar la verdad...

—Venga.

—Si Jenara, según la idea de usted, nos engaña a los dos; si es evidente que Jenara ama a algún hombre que no es su esposo (lo cual sea dicho entre paréntesis, yo no creo); en fin, si acierta usted, atribuyendo a desvío la conducta de su esposa, es preciso creer que el hombre por quien olvida sus deberes es el mismo Salvador Monsalud a quien aparentaba perseguir. La lógica es lógica, amigo.

Carlos Navarro me miró... no sabré decir cómo... con mirada más llena de desprecio que de rencor, con una especie de lástima iracunda. Alargó su mano hacia mí, como si me quisiera abofetear; después hizo un gesto de señor que despide o un vil esclavo. Más que hablarme parecía escupirme, cuando me dijo estas palabras:

—¿Qué está usted hablando?... ¡Asquerosa idea! Mi mujer, señor de Pipaón, podrá ser criminal, pero no degradada. En el corazón de Jenara cabrá la perversidad, pero no la bajeza. El sujeto a quien usted acaba de nombrar no puede nunca ser mirado por ella sino como un despreciable ser, más digno de compasión que de odio. Hay cosas que están fuera del orden natural. Por Dios, buscando la verdad, no caigamos en ridículos absurdos. No soltemos lo verosímil que ya tenemos, para agarrar en las tinieblas lo imposible.