—Pues entonces, señor don Carlos —dije campechanamente—, fuera sospechas; fuera dudas ridículas.

—Si algo hay claro en los sentimientos de mi mujer —añadió Navarro en tono misterioso—; si hay algo que salga a la superficie y aparezca con luz y forma precisa en medio de las oscuridades espantosas de su carácter, es el odio y la antipatía profunda que le inspira el hombre envilecido con quien tuve la desgracia de batirme hace bastantes años. Dios quiso que su diabólica mano me hiriera... Dios lo quiso, sin duda para abatir mi orgullo... Era en tiempo de la guerra; yo era entonces muy orgulloso. Debí despreciar a Salvador Monsalud... Por no despreciarle me castigó Dios. ¿Usted no le conoce? Traición, perjurio, cobardía, desvergüenza, jacobinismo: haga usted un amasijo de todo eso y tendrá a nuestro paisano. Usted no ha logrado penetrar mis ideas; usted no comprende los grandes temores y recelos que me atormentan. Jenara, a quien adoro, amará, ama sin duda a un hombre superior, muy superior a mí; a un hombre que sepa responder con la grandeza de su entendimiento a la grandeza de las pasiones de ella; Jenara no se mide con los insectos que andan escarbando la tierra. El día en que ella quiera perderse, no se arrojará a un charco inmundo, sino al mar inmenso... ¿Cree usted que no lo conozco? Sí, y el conocerlo y conocer mi pequeñez es lo que me contrista, porque ha de saber usted que yo soy un bruto.

Dijo soy un bruto con tanta sencillez y aflicción como decía Otelo soy negro. Una pena profunda se pintaba en su semblante, enterneciendo la ruda voz del bravo guerrillero.

—Soy un bruto —añadió—, soy cualquier cosa, un hombre adocenado, un ignorante, un palurdo, un soldadote, y me he casado con una princesa, con una maga, con una sibila. Usted no ha visto de cerca a Jenara como la he visto yo; usted no la conoce. En el fondo de la intimidad es donde se ven estas cosas y donde se compara bien. Yo vivo en la vida ordinaria; quiero traer a mi esposa a mi lado, y cuando alzo los ojos la veo alargando la mano para coger las estrellas. Yo no puedo ofrecerle sino un puñado de este barro grosero y ramplón con que los vulgares amasamos la existencia; ella huye de mí sin dignarse mirarme.

—Preocupación.

—¡Realidad, realidad! —continuó, cruzando los brazos y hundiendo la cabeza—. Estoy convencido, convencidísimo.

—¿De qué?

—De que Jenara tiene para mí un sentimiento peor que el odio: la indiferencia. El corazón y los pensamientos de mi mujer pertenecen a otro.

—Pero ¿a quién?

—No lo sé; pero pertenecen a otro. Mi mujer ama... y no a mí. Lo veo, lo sé, lo conozco en su silencio, en su frialdad, en su inquietud cuando está inquieta, en su tranquilidad cuando está tranquila; lo conozco hasta en su manera de abrir los ojos cuando despierta. Hay otro hombre, otro hombre —añadió con ferocidad—; le siento, le respiro en el aire. Los ojos de mi mujer tienen la terrible luz de la infidelidad; están hablando siempre con alguien. Si miran algún objeto, aquel objeto parece que me mira a mí y me dice: «¡Carlos, alerta!... ¡Jenara está enamorada!»