—Pero ¿de quién?
—¡De quién!... ¡De quién! —exclamó remedándome con grotesca ira—. ¿Faltan en la tierra hombres? Descuide usted... el que mi mujer ame no será un cualquiera; será lo que es ella, un portento; pero... tan mortal es el cuerpo de un sabio como el de un imbécil... Yo le veo, le siento... por ahí ha de andar —añadió con febril exaltación—. Tendrá todo lo que yo no tengo: cualidades eminentes, nobleza de ideas, aparato de sabiduría y de hermosura; pero no, no, ¡no tendrá un corazón como el mío!
—¡Calma, señor don Carlos! —dije yo—. Es un capricho, un delirio pensar en semejante cosa.
—¡Realidad, realidad! —contestó apartando bruscamente mi mano, que alargué para tocar su hombro—. Me confirman en mi creencia esas salidas nocturnas de mi mujer, esa supuesta persecución de un criminal, de quien ella no puede ocuparse, en buena lógica, más que para despreciarle, porque es indigno de que ella le persiga... ¡Ah!, la conozco bien; Jenara será criminal, pero nunca tendrá mal gusto. Ella no hace papeles indignos, ella no es capaz de emplearse en un vil espionaje..., ¿y por quién?, ¿y contra quién? Contra quien deshonraría la mano del último esbirro. No, Pipaón, eso no puede ser. Pretexto y nada más que pretexto; un artificio con el cual ha logrado engañarle a usted; pero no a mí... no a mí que lo veo todo. Los ojos de los celosos son muy singulares. Así como los del gato ven en la oscuridad, así los del celoso ven en el disimulo. En el fondo de la intimidad, amigo mío, es donde todo se entiende y se descubre. Los breves diálogos que apenas se oyen, las preguntas no contestadas, los ojos que se cierran para ver mejor lo que tienen dentro, las respuestas que no vienen al caso, la frialdad de estudiadas caricias, este es el gran libro; lo demás es error. El ofendido es quien sabe leer en él; usted, que tiene tanto talento, hará mil argumentaciones sabias para quitarme esto de la cabeza; pero yo, que soy un bruto, sé más que usted ahora, y de mi cerebro no se desclavará jamás este letrero. Al contrario, yo me lo clavo más cada día con mis propias manos, y si estas letras de fuego dejaran de quemarme un solo momento, lo tendría por una deshonra... y nada más, sino que es lo mismo que yo digo, ¿entiende usted?... Y si me contradijeran mucho, sospecharía que no se me trata con lealtad, ¿entiende usted?... y ya que se me quiere ocultar la verdad, como se oculta la desgracia a las almas cobardes, no me vengan con sutilezas y palabras bonitas y razones absurdas, ¿entiende usted?
—Entiendo, sí señor —repuse, sin saber cómo suavizaría la violencia creciente de mi enojado amigo—. Pero insisto en lo dicho. Mientras no tengamos un hecho concreto, todo es presunción.
—¡Realidad, realidad! —repitió el guerrillero.
Sus palabras eran tan enérgicas, que cuando movía la mano acentuándolas, parecía que iba a escupirlas. Yo deseaba variar de conversación. Decía alguna palabra de política; pero Garrote volvía a su tema. Por último, libráronme de tal tormento Baraona y Jenara, regresando de su paseo. Carlos, al ver a su mujer, pareció más excitado, más inquieto, más violento.
—Tengo que hablarte —le dijo.
Baraona se había retirado a descansar. Despedime yo, y al ver la palidez y alteración de las facciones de Jenara, no pude menos de decirme al salir:
—Ahí me las den todas.