—¿Pues de qué, señor don Carlos?

—Se han sublevado algunas tropas del ejército expedicionario.

—¡Qué picardía! ¡Habráse visto...! —exclamé yo simulando tanto enojo como espanto—. ¿Pero son muchas las tropas sublevadas?

—Unos dicen que son muchas, y otros que solo un par de regimientos.

—¿Y no se sabe en qué punto?

—En las Cabezas de San Juan.

—¿Y hacia dónde están esas Cabezas? No conozco más que una, que suele verse sobre los hombros del santo Precursor o en la bandeja de Herodías.

—Estas Cabezas, donde se ha consumado tan vil traición, están en Andalucía, cerca de Jerez. Ya sabe usted que el ejército expedicionario, por librarse de la fiebre amarilla, se había acampado en las Cabezas de San Juan, en la Corredera, en Arcos de la Frontera y otros puntos del interior.

—¿No manda ese ejército el conde de Calderón? —dije, haciéndome de nuevas.

—El mismo: le conozco, es un viejo estúpido.