—¿Y no se sabe qué cuerpos han dado ese aleve grito? ¡Que no los fusilaran a todos!... Señor don Carlos, esto da vergüenza.

—Dicen que el batallón de Asturias ha sido el primero.

—¿Quién lo sublevó?

—Rafael del Riego.

—¡Rafael Riego! —dije yo fingiendo que hacía memoria—. ¿Le conoce usted? ¿No estaba ese muchacho en el regimiento de Valencey?

—Sí; empezó sirviendo en la guardia de la Real persona. Durante la guerra sirvió en el ejército y en las partidas. Sé que estuvo en las acciones de Balmaseda, San Pedro de Güeñes y Espinosa de los Monteros. Después le hicieron prisionero, y al cabo de algún tiempo apareció en Galicia.

—¿Le conoce usted?

—Le vi en Vizcaya al principio de la guerra. Era valiente. Algunos traidores lo son.

—¡Si parece increíble, señor don Carlos! —dije vistiéndome apresuradamente—. ¡Que tal canalla haya nacido en España!... No sé qué haría.. Si todas las cabezas de esos infames rebeldes estuvieran al alcance de mi mano, las cortaría de un solo golpe.

—Este es el resultado —murmuró Carlos— de la benignidad del rey con los militares que descubiertamente han estado conspirando desde el año 14.