—Dice usted bien. ¡Si Su Majestad no se hubiera andado con blanduras!... Vea usted el pago que le dan al mejor y más generoso de los reyes. ¿Y usted qué piensa hacer?
—Ahora mismo me voy a presentar al Capitán General para que disponga de mí. Quiero formar parte del primer ejército que salga a combatir a los insurrectos.
—¡Oh, cuánto siento no ser militar como usted, señor don Carlos! —exclamé con calor—. Si yo fuera militar, iría también el primero, y entraría lanza en ristre en esas rebeldes Cabezas de San Juan... La sangre me arde en el cuerpo... Supongo que se mandará allá un ejército; que este ejército les entrará a saco; que no dejarán con vida ni a uno solo de esos infames.
—El ejército —dijo Garrote sombríamente— está corrompido y minado por el liberalismo.
—¿No se sabe más que la rebeldía del batallón de Asturias?
—¡Se dicen tantas cosas!... Todavía no será posible precisar la extensión del mal. Todo depende de que Cádiz y su guarnición hayan respondido al movimiento. Se habla también de otro batallón sublevado, el de España, que manda Antonio Quiroga.
—Ese ha estado preso hace poco por conspirador liberal.
—No sé más de él sino que debió el grado de coronel a la prontitud con que trajo a Madrid la noticia de la muerte de Porlier.
—¡Linda carrera!... Pero vamos, vamos a la calle. Le acompañaré a usted al ministerio de la Guerra, donde sabremos la verdad de todo.
Salimos; la gente iba y venía como de ordinario; pero hacia el centro de la villa vimos grupos, gentes curiosas y anhelantes que preguntaban o respondían, dando curso a imponderables mentiras. Las palabras Cabezas, Riego, Quiroga, sonaban sin cesar en nuestros oídos en todo el trayecto que recorrimos. Era digno de notarse que los semblantes alegres eran aquella mañana en mayor número que los tristes. En el ministerio había tanta gente y charlaban tanto, diciendo tan diversas cosas, que nada pudimos sacar en limpio. Vimos entrar al señor ministro, el general Alós, hombre de quien un escritor coetáneo dice que era más propio para capellán de un convento de monjas que para ministro de la Guerra.