—Pero ven acá —contestó rojo como un pimiento—. Dado el caso de que esa reforma sea necesaria, lo cual es muy dudoso, ¿quién la realizará? ¿Esos infames perdidos, esos vagabundos que charlan en los cafés, esos desalmados políticos del 12, esos militares revoltosos que no conocen la disciplina?
—Líbreme Dios de defender a los revolucionarios y perturbadores; pero vengamos a la cuestión.
—Al fondo de la cuestión.
—Eso es, al fondo. El gobierno absoluto no puede sostenerse. Bien sabe usted que mi opinión no es sospechosa: ¿no lo he defendido con todas mis fuerzas?..., ¿no he puesto a su servicio cuanto yo podía y sabía? Pues bien: yo, el más humilde soldado de aquel piadoso ejército de patricios que en 1814 derrocó la infame facción, declaro ahora que el absolutismo, tal como al presente se halla, maleado y corrompido, no puede seguir rigiendo a la nación.
—¡Ah, gran canalla! —exclamó don Buenaventura dando fuerte puñada sobre la mesa—. Te me has pasado, te me has pasado al enemigo... ¡Ira de Dios! Ya van hoy doce, doce traiciones. Llega el simple anuncio de una insurreccioncilla con esperanzas de triunfo, y ved aquí a mi gente mudando de casaca, como histriones que, concluida la tragedia, se preparan para el sainete... ¡Esto no se puede sufrir! ¡Esto es ignominioso!... ¡Pipaón de todos los demonios; Pipaón maldito, también tú, o como dijo el gran romano, tu quoque, fili mihi!... Serían las seis de la mañana cuando llegó la noticia del pronunciamiento: fui a Palacio; vine después al ministerio; recibí a varias personas, y no eran las doce cuando ya me habían manifestado sus simpatías por la revolución cinco personas, cinco furiosos absolutistas de aquellos de pelo en pecho que no transigían con nadie, y hace poco amenazaban con comerse a quien de liberalismo les hablase... En el resto del día ha aumentado el número de las defecciones repugnantes. Tú eres el duodécimo... Pero estos canallas, ¿dónde tienen la conciencia? Sin duda creen que la infame facción triunfará. ¡Quieren congraciarse con los rebeldes por si llega la marimorena de los destinos!... ¡Ahí os quiero ver, miserables!... ¡Que no se os volvieran veneno los reales despachos!... Los muy tunantes no se atreven a vituperar de súbito al paternal gobierno que nos rige, ni a ensalzar a los revoltosos; pero van preparando el terreno para la defección, y con delicada hipocresía dicen: «La verdad es que así no se puede seguir... la arbitrariedad no puede gobernar constantemente a los pueblos cultos... es indispensable que el rey dé una Carta a la nación... la Europa no puede consentir...» Y vuelta a la Europa, y al rey, y a los pueblos, y a la dichosa Carta, esquela o lo que sea. Vale más que de una vez salgan por esas calles gritando: ¡Vivan Robespierre y la guillotina! y acabaremos de una vez... ¡Ah, menguado Pipaón! ¡Ah, pérfido discípulo! Eres el cuervo que he criado para que me saque los ojos... ¡Conque te me has pasado a la masonería y a la revolución! —añadió, tirándome de una oreja con impertinentísimo movimiento—. ¿Conque esas tenemos, señor bergante? ¿Conque después de haber explotado el oscurantismo, después de haberle chupado la sangre al reino, y al rey, y a chicos y grandes, reniegas de la generosa cabrita cuyos ubres has puesto, a fuerza de mamancia, como zurrón vacío?... ¡Ah, troglodita! ¿Sabes que desde hace algunos días sospechaba yo tu defección? Me habían dicho que mangoneabas en las sociedades secretas; pero no lo quise creer. Te juzgaba mejor de lo que eres... Pero ¿qué puede esperarse de estos petates, cuando se asegura que hasta hombres como Lozano han caído en la tentación? Execrable aventurero, ¡qué chasco te vas a llevar! ¡Qué horrible será el castigo de tu traición indigna! La revolución no triunfará, porque estamos decididos a aplastarla, sí, señor, a confundirla. Si es preciso, iremos todos allá, desde el ministro hasta el último empleado; y entre tanto, en este foco de las conspiraciones, buscaremos a los astutos Robespierres, a los violentos Dantonazos, a los sanguinarios Marates, y les entregaremos a la Inquisición para que dé buena cuenta de ellos... Descuida, que todo se hará, empezando por ti, monstruo de felonía y doblez... ¡te vigilaré, te pondré preso, te ahorcaré!...
Aquel hombre estaba loco, o al menos lo parecía, según se inflamaba su rostro y se hinchaban sus venas y espumarajeaba su boca. Oí la filípica con aquella calma burlona que me era propia, y que bien cuadraba frente a un hombre tan ruidoso como poco temible... Pero me convenía no prolongar más aquella conferencia. Antes que me arrojase de su despacho, me marché, para que no se irritara excesivamente, y al salir llevaba conmigo la seguridad de que hombre tan fiero sería de los más blandos si los acontecimientos seguían desarrollándose con la precipitada corriente que hasta allí parecían llevar.
Del mismo modo que me trató don Buenaventura, tratáronme otros personajes que hasta entonces no sospechaban de mí, y que al fin tuvieron indicios (de ningún modo certeza) de mi defección. Yo me reía de todos ellos y de su furor impotente. Hiciéronme desaires, y me pusieron avinagrados gestos en algunas casas que visité; pero en ninguna recibí tan mal trato como en casa de Carlos Navarro. Verdad es que del fanatismo insensato y exaltado de aquella gente todo se podía esperar, incluso el repudiar a un leal amigo por cuestión de ideas. Baraona me dirigió amargas pullas; Carlos apenas se dignó hablarme, e hizo alusiones tan crueles a mi conducta que otro más valiente que yo le habría pedido satisfacción. No era extraño que me manifestaran tanto desprecio por una simple sospecha, porque ellos eran atroces, intransigentes, irreconciliables; tenían el absolutismo en el fondo del alma y en la médula de los huesos, como el león la fiereza. Además, don Buenaventura, que iba allí de tertulia las más de las noches, les había dicho de mí innumerables picardías.
Únicamente Jenara se mostró amable y cortés conmigo. Por eso sin duda, al salir, noté que su marido la reprendía ásperamente, lo cual me hizo decir para mi capote, como en otra ocasión:
—Ahí me las den todas.