»Que era gloriosísimo que todo se hubiera hecho sin efusión de sangre.

»Que la Europa nos contemplaba llena de admiración.»

Tales fueron las noticias y versiones con que me aturdieron mis optimistas amigos. Yo, sin embargo, ponía en cuarentena tan lisonjeras especies.

El marqués de M***, a quien vi por la noche, estaba furioso, aunque se esforzaba en disimularlo, fingiéndose tranquilo y aun gozoso por el giro que tomaba la rebelión.

—Me alegro de que hayan arrojado la máscara —dijo, dando las pataditas con que emblemáticamente indicaba la destrucción de la hidra revolucionaria—. De este modo será mucho más fácil concluir de una vez con todos ellos.

—La situación, señor don Buenaventura —observé yo en tono agridulce—, no es muy lisonjera.

—Ya verás, ya verás —afirmó con cierta acrimonia que me disgustó— cómo les sentaremos la mano. Y se me figura que te me estás volviendo liberalote de algún tiempo a esta parte... Pipaón, tengamos la fiesta en paz.

—¡Yo liberal! —exclamé—. Pero no se trata aquí de ser liberal ni de dejar de serlo. Trátase de ver si esta oleada que se ha levantado en Andalucía llegará a la corte y nos anegará a todos.

—Veo que tienes miedo... el miedo es el mayor auxiliar de la traición.

—Jamás seré traidor. Pero hablemos con toda franqueza, señor don Buenaventura: ponga usted la mano sobre el corazón, y dígame si el gobierno y la administración de nuestro país no exigen pronta y radical reforma.