Contra mi creencia, recibiome con agrado. Estaba contentísimo, y su semblante era todo felicitaciones. La alegría daba como una luz singular a su arrebolado rostro, y aquel sol de Gracia y Justicia parecía puesto en el cénit de la Administración para repartir calor y vida a todos los confines de la vida burocrática. Su sonrisa pregonaba el fracaso de la insurrección. Llevábase el tabaco a la nariz, aspirándolo con la voluptuosidad a que el alma se entrega cuando no tiene nada que temer, cuando todo es rosas, paz y claridad en torno suyo.
—¿Ya estás aquí, perillán? —me dijo, señalándome una silla—. ¿Qué te parece el famoso pronunciamiento de las Cabezas? ¿Hemos triunfado o no? Ya estarás convencido de que España no quiere trifulcas, sino paz. ¡Ay!, este gran pueblo celtíbero, romano, gótico, musulmán, es muy sensato... Ama el sueño y aborrece a todos los que meten ruido... Ya ves cómo la revolución se ha enredado en sus propios lazos. Ni siquiera ha esperado a que la aplastáramos; se ha muerto ella sola, dañada por la podredumbre que al nacer trajo en sus entrañas. Aquí están tan bien dispuestas las cosas y tan bien equiponderadas las fuerzas sociales, que cuando estalla un pronunciamiento, el gobierno no tiene que hacer más que cruzarse de brazos y dejar a los revolucionarios entregados a su tontería y frivolidad, que es su muerte y nuestra venganza.
Yo dudaba si hacer mi reconciliación con arte hipócrita o entregarme sin condiciones, como el hijo pródigo que vuelve al hogar paterno. Después de pensarlo, me decidí por lo primero, y hablé de este modo:
—A mí no me coge de nuevo el fracaso de la revolución; a todo el mundo lo dije. Cuando le vi a usted muerto de miedo, bien claramente le expresé mi creencia de que todo vendría a parar en nada. Pero por eso no es menos cierto, señor don Buenaventura, que lo que ha pasado debe considerarse como una lección, como una advertencia de Dios, para que se reparen los males causados por la arbitrariedad. No me canso de repetírselo a usted —añadí con aplomo ciceroniano—: el gobierno de estos reinos necesita prudentes reformas. ¿No recuerda usted lo que le dije el otro día? Es preciso que quitemos a los trastornadores de la paz pública todo pretexto de trastornos... Lo vengo diciendo hace tiempo; lo estoy pregonando en todos los tonos, y nadie quiere hacerme caso... ¡Pero qué obcecación, Dios mío! ¡Aquí están, aquí están los resultados!... ¡Es particular que, entre tanta gente, yo solo haya tenido penetración suficiente para ver el peligro!
—¡Oh, tú eres muy listo! —dijo don Buenaventura, moviendo la cabeza con una expresión que me pareció algo irónica.
—Eliminado de la Administración, apartado de la política —proseguí con llorona sensiblería—, he servido siempre al gobierno absoluto en mi humilde esfera. ¿Y qué pago se me da? ¡Horroriza el pensarlo! Calumnias, inicuas sospechas de mi honradez y consecuencia. En verdad que se necesita tener un corazón muy recto para no dejarse arrastrar por el despecho y hacer cualquier tontería. Pero, ¡ay!, yo quisiera que se pudiese hacer una investigación irrecusable de la conducta de todos los hombres notables que usted y yo conocemos. Yo quisiera que existiese un ojo milagroso para leer en el corazón de cada uno de ellos. Entonces se vería quiénes son los buenos.
—Vamos, Pipaón, no te enfades —me dijo don Buenaventura con bondad—: ya sé que eres hombre honrado. Cierto que me han dicho de ti... cosillas; pero la verdad, no les he dado crédito.
—Gracias, gracias —dije, cobrando nuevos bríos—; yo no esperaba otra cosa, y cuando hace días me acusó usted de no sé qué monstruosa infidencia, mi alma se llenó de angustia... Todo lo olvido, señor don Buenaventura; yo perdono a los que me han calumniado, y en vista de los peligros que corre el gobierno absoluto, elevo como siempre mi voz amiga para predicar la concordia... Unámonos, señor don Buenaventura; unámonos hoy, como nos unimos seis años ha para salvar a la nación del abismo a que corría. Cesen los chismes ridículos, las hablillas malévolas con que se han querido manchar reputaciones como la mía... Por mi parte todo lo olvido; no veo más que a nuestro querido rey, a nuestra querida patria, a nuestras adoradas prácticas de gobierno, a las cuales falta poco para ser las más sabias del mundo... Pero ese poco que falta debemos dárselo para aplastar de una vez al jacobinismo insolente, a las logias inmundas, y a los liberales soeces que quieren cubrir de ruinas el suelo de España. Quitémosles todo pretexto para nuevas insurrecciones; reformemos el gobierno; ocupemos los hombres de bien todos los puestos que insolentemente usurpan los pillos, y constituiremos una nación feliz, y legaremos a nuestros hijos, si los tenemos, toda clase de prosperidades y bienaventuranzas.
Don Buenaventura me oía con admiración profunda. Concluido mi discurso, estrechome la mano, y con benevolencia más ardorosa que lo que el caso exigía, me dijo:
—No he dudado de ti. Eres un hombre excelente. Verdad es que tuve sospechas; pero se han disipado. Soy todo tuyo.