—Unámonos, señor Marqués...
—Unámonos, sí. Reconozco que se te ha postergado con injusticia. Eras de los primeros y se te puso en las últimas filas. El puesto que tú debías ocupar en el Consejo se ha dado a hombres nulos, que han trabajado descaradamente por la revolución.
—Yo no guardo rencor a nadie —dije con hipocresía perfecta—. ¿Querrá usted creer que no me había vuelto a acordar de la tal plaza de consejero, ni de la incalificable ofensa que se me hizo? Yo soy así: el primero para agradecer, el último para odiar.
—Pero aún es tiempo de repararlo todo —dijo el ministro atracándose de tabaco—. Hay otra vacante, y anoche me acordé de ti.
—No, no, de ninguna manera. Hágame usted el favor de no dármela; se lo suplico... Vamos, que me pondrá usted en el caso de hacer renuncia.
—Bueno, veremos si te atreves a desairarme. Conviene pensar en las reparaciones, en reunir toda la gente buena alrededor del trono. Estoy conforme contigo en la necesidad de normalizar el gobierno.
—Por mi parte, señáleseme un puesto de peligro, un puesto en que solo haya trabajo y no beneficios, un puesto que permita manifestar la diferencia que existe entre los aventureros sin conciencia y los hombres honrados, que se desviven por el rey y por la patria.
Asuntos urgentes reclamaban la atención de Su Excelencia, y despidiéndome, me dijo con relamida amabilidad:
—Queridito Pipaón, vete a tu casa. No llegará la noche sin que recibas un recuerdo mío. No salgas en todo el día de tu casa, y espera.
Retíreme lleno de gozo... ¡Fuera revoluciones! ¡Fuera clubs! ¡Fuera trastornos políticos que alteran la santa armonía de la vida! ¡Fuera jacobinos y logias!... Como el que ha vivido algún tiempo en poder del demonio y se ve libre de la terrible obsesión, así yo renegaba de mis veleidades revolucionarias, haciendo voto de no prevaricar más en mi vida.