Pero me aguardaba un golpe terrible, uno de esos golpes que anonadan, que hunden, que matan, arrojando a un hombre en los abismos de la desesperación. Como me había mandado el marqués, aguardé en mi casa todo el día. Al fin sintiéronse pasos en la puerta: yo creí que me visitaba un ordenanza de Su Excelencia, portador de pliegos en que se me notificase algo lisonjero, cuando mi criado me dijo que gran número de alguaciles preguntaban por mí.

¡Traición inconcebible! Don Buenaventura había determinado prenderme, y con su hipócrita zalamería alejaba de mí toda sospecha. Al decirme que no saliese de mi casa, su intención era que me pudiesen coger fácilmente sus miserables esbirros. En aquel trance supremo, vacilante entre el miedo y el peligro, pude tomar una determinación salvadora, y corrí a la puerta interior. Por fortuna, fueme fiel mi criado. Doña Fe ya no estaba allí. Escurrime por la escalera con tanta presteza, que cuando los alguaciles registraban mi casa, ya estaba yo en el lóbrego aposento del señor Mano de Mortero, a quien con patéticas razones pedí hospitalidad.

Temí que los tunantes me siguieran; pero el buen gitano me ofreció que en tal caso me ocultaría en lugar más seguro.

Mi angustia era inmensa. Contemplé con el alma destrozada el sitio en que me hallaba, mientras Mortero decía:

—Por sí o por no, apaguemos la luz.

Antes de que la soplara, mis ojos se extendieron por la habitación, y vi que sobre el lecho del señor Mano yacía tendido y como soñoliento un hombre. La luz se apagó y no pude verle; pero en el mismo instante sentí pronunciar mi apellido, y por la voz conocí que estaba en compañía de Salvador Monsalud.

XXII

La pena y el furor que yo sentía no dieron lugar por algún tiempo a la sorpresa que el encuentro inesperado de mi amigo debía producirme. El tío Mano, seguro de que no había peligro, encendió de nuevo la luz, y diciéndome algunas palabras festivas y tranquilizadoras, puso sus manos en la obra interrumpida. Estaba haciendo un ejército. Yo alcé la vista; contemplé la bóveda, las macizas paredes, y me creí sepultado para siempre. Parecía que había caído sobre mi corazón una losa enorme. La Inquisición, o si se quiere la autoridad, ponía sobre mí su pie y me aplastaba como a un insecto. Congoja inmensa llenó mi alma, como una irrupción de tinieblas que entraban en ella, ocupándola toda para nunca más salir. Yo no podía formular otra idea que esta:

—¡Adiós carrera, adiós porvenir, adiós posición mía!

¡Debilidad pueril! Ocultando el rostro entre las manos, rompí a llorar como un chiquillo.