—No hay cuidado ninguno —dijo Mortero—. Aquí no vendrán los mochuelos. Esto es un sepulcro. Y si vinieran, señor mío, todavía están ahí los calabozos, y si entraran a registrar los calabozos, todavía nos quedaba la cisterna.

—Fíate de los amigos, querido Pipaón —dijo Monsalud sacudiendo la pereza—. Pero aquí puedes estar tranquilo.

—También a ti, por lo visto, han querido prenderte —exclamé con furia—. ¿Has conocido hombre más infame que ese don Buenaventura? ¡Miserable mastín del absolutismo! ¡Dios poderoso, permite que se desborden sobre España las revoluciones más horrendas; permite que se alce una guillotina en cada calle, y que rueden por el suelo las cabezas de todos esos bárbaros tiranuelos que envilecen el país! ¡Sí, sí: vengan los disturbios con sus cuadrillas de asesinos; levántese el pueblo y arrastre a esos menguados ídolos; ardan España y Madrid!... ¡Pero qué detestable gobierno! ¡Qué infames ministros! ¿De modo que a un vecino honrado, a un hombre de bien, se le pone preso sin más ni más, porque a un ministrillo se le antoje?... ¿De modo que no hay seguridad?... ¿De modo que la libertad y la vida de los españoles está a merced de un vil delator?... ¡Esto no se puede sufrir, esto es inicuo! Es preciso que esto concluya. ¡Salvador, venga la revolución, venga una y mil veces! Abajo todo esto y salga lo que saliere.

—Vamos, se conoce que te ha dolido. Pues hay que tener paciencia, amigo —contestó Salvador fríamente—. La revolución no viene.

—¡No viene!

—Se ha constipado en el canal de Sancti Petri.

—Pues debe venir —repuse con furor—. Tú y tus amigos sois unos menguados cobardes. ¿Por qué no tenéis más energía? ¿Por qué no atropelláis por todo? ¿Por qué no subleváis en masa al país? ¿Por qué hacéis las cosas a medias? ¿Por qué andáis con paños calientes? ¿Por qué no matáis? ¿Por qué no incendiáis?... ¡Horrible estado es el nuestro! ¡Horrible situación la de España, entregada a un espantajo como don Buenaventura, y sin encontrar media docena de hombres valerosos que la salven!

La cólera mía no encontraba otro lenguaje. Mi pecho era un volcán; mis palabras, fuego.

—¡Jacobino estás! —me dijo Monsalud riendo, mas sin abandonar su calma.

—Pero, hombre, ¿no bufas como yo? ¿No te indignas? ¿No deseas ver al infame marquesillo asado en parrillas?... Yo quisiera tener cien bocas para gritar con todas ellas: ¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución!... ¡Si no alcanzo cómo hay absolutistas en el mundo!... ¡Si no se comprende cómo no son liberales hasta las piedras de las calles!... ¡Si no se concibe cómo estas no se levantan solas y van corriendo por los aires hasta destrozar a esos miserables verdugos!... ¡Si no se concibe que doce millones de españoles consientan ser tratados como una manada de carneros!... ¡Si no se comprende cómo hemos vivido tanto tiempo en compañía de esa vil canalla sin hacer una revolución cada día y un motín cada hora!... Salvador, tú no tienes sangre en las venas cuando estás ahí tan tranquilo, y no te irritas al oírme, y no rechinas los dientes, y no maldices a nuestros bárbaros enemigos, y no echas hiel, fuego y veneno por la boca.