—Sigue, sigue. Te oigo con gusto.

—¡De modo que estoy perdido para siempre! —exclamé cruzando las manos con angustia—. ¡De modo que esa endiablada revolución no triunfa ya! ¡Qué inicua farsa! Nos comprometéis a tantos hombres honrados, y luego se pierde todo por vuestra cobardía... Y heme aquí perdido para siempre, sin carrera, sin más porvenir que el destierro... porque es claro, tendré que emigrar, si no me ahorcan antes... Hombre, horrorízate... ten lástima de este desgraciado... consuélame, amigo; dime alguna palabra que alivie mi angustia... por Dios, Salvador; por Dios vivo, ¿no habrá todavía esperanza?

—Ninguna —contestó secamente mi amigo.

—Pero, hombre, ¿eso es verdad? ¿Ninguna, ninguna? ¿Ha fracasado el movimiento?

—Por completo.

—Quizás te engañes; puede que todavía...

—Ya no hay remedio.

—¿Qué sabes tú? Todavía...

—Vengo de Andalucía.

—¿Cuándo llegaste?