—Hoy. Nadie sabe mejor que yo lo que allí ha pasado...

—¿Y dices que?... ¿Pero qué haremos ahora?

—Nada; tener paciencia —repuso con una flema imperturbable que me exaltaba más.

—¡Tener paciencia! Eso está bueno para ti, que nada pierdes, porque nada tenías; para ti, que tan poca cosa eras antes como ahora; mas, ¡ay!, yo estoy arruinado, yo estoy perdido. ¡Adiós carrera, posición, porvenir!... Pero cuéntame. ¿Qué ha pasado en esa fatal Andalucía? ¿Dices que has llegado hoy? ¿Por qué te has metido aquí?

—Porque el señor marqués no se duerme ahora en las pajas. Me han seguido la pista todo el día; me he visto muy apurado para escapar. Hoy no se encuentra un amigo por ninguna parte. Los Villelas y comparsa, en vista del mal éxito, adulan al gobierno. Después de recorrer varios albergues, he creído que en ninguna parte estaba tan seguro como aquí. No he confiado el secreto de esta madriguera ni a mis más íntimos amigos. ¿Qué habrá sido de ellos? En este aciago día, querido Pipaón, se han hecho más de doscientas prisiones. No hay compasión ni para los arrepentidos.

—¡Nos hemos lucido! ¿Pero habrá alguna esperanza? Dime, por Dios, que sí.

—No, no hay ninguna. Los insurrectos vagan a estas horas por los llanos de Andalucía, medio muertos de hambre y de cansancio, sin encontrar apoyo en ninguna parte, viendo disminuir rápidamente su número en vez de aumentar; y gracias que los últimos consigan llegar vivos a la raya de Portugal. Ni Riego ni Quiroga valen más que para un momento de esos en que solo arrojo se necesita. Cuando el primero arengó a sus soldados en las Cabezas, y les dijo: Basta de sufrimientos, valientes camaradas; hemos cumplido con el honor: más larga paciencia sería vileza y cobardía, creímos que aquel hombre iba a imprimir a la insurrección impulso poderoso; pero después le hemos visto perplejo, vacilante, dejando pasar todas las buenas ocasiones, y corriendo de aquí para allí como un recluta al cual de golpe y porrazo se le pusiera en la mano el bastón de general. Tuvieron la mejor coyuntura para batir uno a uno los batallones que no habían querido insurreccionarse, y la dejaron perder. Rechazados en la Cortadura, salió Riego de la Isla con mil quinientos hombres y marchó hacia Algeciras, movimiento cuyo objeto a nadie se alcanza. Cuando quiso regresar, supo que Freire bloqueaba la Isla, donde estaba Quiroga, y corrió a Málaga. Perseguíale don José O’Donnell sin conseguir derrotarle ni tampoco ser derrotado por él. La insurrección hasta entonces no era más que un marchar continuo, sin aliento, sin entusiasmo, sin espíritu, porque en todos los pueblos del tránsito no había más que frialdad, indiferencia... De Málaga pasó Riego a Córdoba, donde entró con quinientos hombres.

—¿Y los otros mil?

—Habían desertado, y aprovechándose de la revuelta, se iban tranquilos a sus casas.

—¡Canallas!... ¡Pero qué falta de entusiasmo y de patriotismo; sí, señor, de patriotismo! —dije yo, no comprendiendo cómo había quien desmayase tratándose de derribar al gobierno absoluto.