—En Córdoba no fueron hostilizados por la tropa; pero tampoco vitoreados ni agasajados por el pueblo. No he visto frialdad semejante. Parece que esto no es nación, sino un pueblo de sombras.
—¡Qué país! —exclamé con desesperación—. ¿Conque mientras nosotros trabajamos por variar la forma de gobierno; mientras nos exponemos a perder las ventajas de una brillante carrera y sufrimos persecuciones, el bendito país se está mano sobre mano, sin decir esta boca es mía...? ¡Pero qué horrible ingratitud, hombre! Lo que tú dices, un pueblo de sombras.
—Lo que me aflige más en este fracaso, no es la mala suerte de los militares sublevados, sino la apatía del país, su poltronería política, pues no merece otro nombre. Ve que se levantan unos cuantos hombres proclamando la libertad para todos, los principios de justicia el gobierno ilustrado, y se cruza de brazos, no comprende nada, sonríe al ver pasar la insurrección, cual si fuera cabalgata de Carnaval. Esto hiela el corazón...
—¿Pero qué es esto, pues? Explícamelo.
—Esto es un triste desengaño; esto significa que España no nos entiende. Conoce su gran pobreza y envilecimiento; quizás comprende que otros pueblos viven mejor; pero no se le ocurre que en sí misma tiene los medios para salir de tal estado. Tres siglos de absolutismo no podían menos de producir esta modorra intelectual en que el país vive. Duerme; sueña tal vez. Sufre un encantamiento parecido al de aquellos aventureros a quienes un mago convertía en estatuas. Es verdad que este león encantado tiene una cabeza que piensa, la idea que bulle en la flor de la sociedad, en algunos centenares de hombres escogidos... pero estos pueden poco. La cabeza viva, puesta en un cuerpo inerte, no sabe hacer otra cosa que atormentarse con su propio pensamiento. Eso hacemos nosotros: atormentarnos, discurrir, creer. Tenemos fe, tenemos ideas; pero ¡ay!, queremos tener acción, y entonces empieza el desengaño; queremos movernos... ¡Cómo se ha de mover una piedra!
—Desconsolador cuadro me pintas, Salvador.
—¡Ojalá no fuese verdadero! En mí notarás una transformación tan rápida como triste. Mi pensamiento tiñe de negro todo aquello en que se fija. Ayer estaba lleno de luz, y hoy no hay más que tinieblas dentro de mí. No tengo ya esperanzas; he perdido todas las ilusiones. Parece mentira que se pierda todo esto y siga uno viviendo. He visto por mí mismo la apatía nacional, una congelación lamentable, una incapacidad absoluta para apropiarse la idea política y los sentimientos que con ella se relacionan, fuera del de la patria y del religioso, concebidos en bruto, a lo salvaje. Aquí el pueblo no entiende de ideas: solo los sentimientos enormes del amor al suelo y a Dios le pueden mover. Hablarles otro lenguaje es hablar a sordos... Nosotros somos muy torpes: confundimos deploradamente la conspiración con la revolución; creemos que la connivencia de unos cuantos hombres de ideas es lo mismo que el levantamiento de un país, y que aquello puede producir esto. Vemos el instantáneo triunfo de la idea verdadera sobre la falsa en la esfera del pensamiento, y creemos que con igual rapidez puede triunfar la acción nueva sobre las costumbres viejas. Las costumbres las hizo el tiempo con tanta paciencia y lentitud como ha hecho las montañas, y solo el tiempo, trabajando un día y otro, las puede destruir. No se derriban los montes a bayonetazos.
—Siempre creí que España era un pueblo de costumbres absolutistas —observé yo—, y que la revolución y el liberalismo estaban solo en las cabezas exaltadas de ciertos caballeretes, un tanto avispados por el alcohol de las lecturas... Por eso yo, al conspirar, no contaba con que se hiciera ninguna revolución verdadera, sino simplemente una mojiganga de revolución, una cosa teatral y de mentirijillas, que no alterara nada en el fondo, sino en la superficie, y que contentándose con fórmulas, verificase un razonable y justo cambio de personas, que es al fin y al postre lo más conveniente.
—Como tú piensan muchos, muchísimos de los que más han bullido en las logias, y esta es una de las causas del fracaso. Aquí no hay más que absolutismo, absolutismo puro, arriba y abajo y en todas partes. La mayoría de los liberales llevan la revolución en la cabeza y en los labios; pero en su corazón, sin saberlo, se desborda el despotismo.
—¿De modo que, según tu frase, España seguirá andando a cuatro pies por mucho tiempo?