—Por muchísimo tiempo.
—¿Y qué piensas hacer ahora?
—Nada: renunciar a un trabajo que creo no ha de tener resultado alguno. Empecé con mucho ardor; mi fe era profunda; creía que por tales medios podía adquirir gloria para mi país y para mí; trabajaba a ciegas sin ver el material que tenía entre las manos. ¿Me preguntas lo que pienso hacer? Renunciar a un papel que empieza a ser criminal y hasta ridículo desde el momento en que solo puede servir para ayudar a vulgares ambiciones. Estoy convencido de que la revolución tiene que ser vana por ahora. Lo he visto por mis propios ojos; lo he tocado con mis manos... Con su nombre pueden elevarse y luchar facciones miserables, y a facciones no sirvo yo. He sido durante algún tiempo aventurero; pero en mis aventuras vislumbraba un hermoso ideal. Mientras duró el engaño, mi conducta no podía dejar de ser noble. Pero, amigo mío, ya he visto que los que creía gigantes eran molinos de viento, y aquí concluye mi caballería andante. Felizmente no he perdido el seso. Si pude un día aceptar lo que hay de generoso en el papel del gran caballero de la Mancha, renuncio ya a lo que en él hay de ridículo, y arrojadas las inútiles armas me vuelvo a mi aldea.
—¿A tu aldea?
—Al extranjero, quiero decir; quizás a América, qué sé yo... En mi horrible descorazonamiento, amigo Bragas, conservo una serenidad notable, y no tomaré resoluciones atropelladas. No hay que apurarse... Calma... Durmamos ahora tranquilamente, y mañana se pensará lo que se ha de hacer.
—Parece mentira que duermas en una noche de desgracias como esta. ¡Santa pachorra!
—Estamos caídos —dijo con voz que poco a poco se extinguía, a causa del sueño—. Algún día nos levantaremos. Dicen que no hay mal que cien años dure.
—¿Y serás capaz de dormirte así... dejándome solo, sin consuelo?...
—¿Consolarte yo? —murmuró dormitando, sin consideración a mi soledad—. ¡Pobre Pipaón, pobre cortesano! Le han quitado su destino... Le han dado un puntapié con sandalia de rosas... Eso no es nada, amigo. Con unas cuantas sonrisas recobrarás tu favor... y si no, con un par de lágrimas. El chubasco pasará, y... al cabo de cierto tiempo... como si tal cosa...
Durmiose el infame, dejándome entregado al sombrío martirio de mis pensamientos... ¡Dormir cuando yo estaba perseguido; dormir cuando el orden natural de las cosas se había alterado! Encontreme enteramente solo, porque el señor Mano de Mortero había salido poco antes. Caí en hondas meditaciones, con tal laberinto en el cerebro, que al fin deliraba. Creo que hablé solo largo rato, y una visión extraña atraía la atención de mi espíritu. ¿Qué era aquello que yo contemplaba, Dios mío? Vi un ejército poderoso que avanzaba en gallarda formación. Las filas de hermosos caballos corrían las unas tras las otras tan matemáticamente alineadas, que no discrepaban una línea. Los jinetes todos esgrimían sus sables, y a igual altura se elevaban los empenachados morriones... Pasaban, pasaban fila tras fila, escuadrón tras escuadrón, sin acabarse y sin variar nunca. Era el ejército infinito, siempre el mismo, siempre marchando y nunca concluido. De las apretadas y correctas filas salía sin cesar un grito majestuoso, que penetraba en mi alma como un rayo de luz. El grito era: «¡Viva la libertad!»