No sé cuánto tiempo duró este fenómeno; pero al fin entró el señor Mano de Mortero, hizo ruido y me moví. En el rincón frontero y sobre el banco del taller, continuaba el ejército; mas era un escuadrón de groseros muñecos mal tallados y peor pintados... Sin embargo, siempre me parecía que gritaban con sus bocas de palo: «¡Viva la libertad!»
El señor Mano de Mortero dejó a un lado el farolillo con que se alumbraba, la capa y el sombrero, y en voz alta nos dijo:
—Buenas y frescas, señores.
Monsalud despertó.
—¿Hay noticias? —preguntó con ansiedad.
—Y buenas. La Coruña ha proclamado la Constitución.
—¿Pero es verdad? ¿Lo dicen por ahí?
—Lo dicen por ahí y es verdad. Y el Ferrol y Vigo también se han sublevado. Dicen que los ministros están que se les puede ahorcar con un cabello.
—¡Dios mío, Virgen santísima, que sea verdad lo que dice este buen hombre! —exclamé juntando las manos—. ¿No has oído, Monsalud, lo que cuenta el señor de Mano? ¿Qué te parece? ¿Será verdad?
—Puede ser verdad —dijo Salvador con mucha calma.