—¿Conque la Coruña, el Ferrol, Vigo, es decir, toda Galicia?... Principio quieren las cosas. ¡Si saldremos al fin con que triunfa la marimorena y arde toda España!
—El ejército nada más... —dijo mi amigo fríamente.
—¡Señor de Mano, quién sabe, quién sabe todavía...! Oye, Salvador, me ocurre una idea.
—¿Qué?
—Que imploremos de la Divina Misericordia...
—¿El perdón de nuestros pecados?
—No, el triunfo de la sedición. Pidamos a Dios con todo fervor y recogimiento... que resulte verdad lo que ha dicho este buen hombre: el levantamiento de la Coruña....
Yacía Monsalud boca arriba en actitud de tranquilidad perfecta. Había extendido sus dos brazos formando arco alrededor de la cabeza, y miraba al techo.
—Hombre, no seas impío —añadí—. ¿Por qué no hemos de impetrar de la Omnipotencia Divina lo que deseamos? ¿No piden pan los hambrientos y salud los enfermos? Pues pidamos nosotros revolución. El Evangelio dice: «Pedid y se os dará.»
Monsalud reía.