—Señor de Mano —añadí yo—. Aquí veo unas hermosísimas imágenes de la Virgen y del Señor. ¿Por qué no les pone usted una vela?
Salvador no podía tener la risa.
—Hereje, empedernido hereje, calla, calla. Cada uno tiene sus ideas. Yo soy religioso, yo soy creyente, y tú eres un perro judío. Querido señor de Mortero, encienda usted un par de luces en ese altar que está junto a la cama.
Mortero encendió las luces.
—Ahora —dije yo—, que la santísima Madre de Dios, Nuestra Señora del Rosario, nos dé el inefable beneficio de un pronunciamiento en cada ciudad de España; que sea un volcán Galicia y otro volcán Aragón; que caigan por tierra el absolutismo y don Buenaventura.
—Me parece que se sienten pasos arriba —dijo Salvador en voz muy baja.
—Es que andan por allá el señor secretario y un señor inquisidor —repuso Mortero—. No hagan ustedes ruido. Están sacando papeles del archivo.
—Es que ven la cosa negra —afirmé yo—. Sin duda temen que el pueblo penetre en la casa y descubra más de cuatro picardías. Señor Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra...
—¡Es gracioso! —dijo Monsalud mirando la imagen, que era la Virgen del Rosario con santo Domingo de Guzmán arrodillado a sus pies—. Si a esos señores inquisidores que están arriba les dijeran ahora que en un sótano de la Santa Casa arden velas ante las imágenes cristianas, para implorar de Dios el triunfo de la revolución...
—Si se lo dijeran... seguramente no lo creerían.