Mi amigo se volvió hacia la pared, y al poco rato dormía.
Yo no cesé de rezar en toda la noche.
XXIII
Al día siguiente muy temprano, Mano de Mortero, que había salido a sus quehaceres, entró diciendo:
—Gordas y frescas.
—¿Qué, qué hay?
—Que lo de Galicia es tremendo... El rey y la corte muy asustados... Toda la noche han estado los ministros en Palacio... Quieren contemporizar... les ha entrado el destemple... desconfían de la guarnición...
—¡Desconfían de la guarnición! ¿Oyes, Salvador; oyes, hombre? —exclamé con exaltado júbilo.
—Oigo —repuso mi amigo secamente.
—¡Y de la guardia de la Real persona! —añadió Mano.