—¡También desconfían de la guardia! ¿Oyes, Salvadorcillo de mi alma?
—Oigo.
—Señor de Mano, traiga usted cuatro velas: yo las pago.
—Con esa condición, aunque sean ocho —dijo Mortero abriendo el cajón de una cómoda.
—No quepo dentro de mí —dije saltando del jergón—. Voy a salir a la calle, aunque me exponga a ser cogido. Me pasearé, comeré en casa de algún amigo... Señor de Mano, ¿tiene usted algunas ropas con que disfrazarme?
—Tengo vestidos de cómicos. ¿Quiere usted ir de rey turco?
—Hombre, no.
—¿Y de senescal de Polonia?
—¡Qué majadero!
—¿Y de majo? Sombrero ancho, capa encarnada, marsellés...