—Venga, venga. Me embozaré hasta las cejas.

Mano sacó unos vestidos, que yo me puse, acomodándolos lo mejor posible a mi cuerpo. Peineme a lo majo, tizneme el rostro, y quedé convertido en chispero, tan al vivo, que era muy difícil conocerme. Con tal pergeño, guiado por Mortero, que me llevó por oscuros laberintos, salí a la calle, embozado hasta las cejas. Monsalud no quiso seguirme. Pasé por Palacio, y vi que entraban y salían muchos coches; recorrí luego la calle Mayor hasta la Puerta del Sol, y aunque encontré en este sitio muchos conocidos, no me atreví a hablar a ninguno: tanta era mi cobardía, aun bajo el disfraz de chispero. Estábamos en los primeros días de marzo.

Ya conocí en la actitud y semblante de las personas, y en las palabras que al vuelo cogía, que era ciertísima la alarma anunciada por Mortero. Sin cesar herían mi oído las voces Coruña, Ferrol, Junta revolucionaria, don Pedro Agar, volviéndome loco de alegría. Recorrí la población sin descubrir mi cara, atendiendo disimuladamente a todos los grupos, huroneando, atisbando, olfateando la revolución. ¡Ay!, la revolución palpitaba; yo la sentía. Quien había puesto tantas veces la mano sobre el pecho de la sensible villa no podía engañarse.

En estas exploraciones empleé toda la mañana y parte de la tarde. A nadie me había descubierto. Llegó por fin una hora en que me picó el hambre con alarmante viveza, porque el júbilo y esperanza no me alimentaban; que esto corresponde a las magras y otros condimentos, y de ningún modo a las sensaciones agradables del alma. ¿Qué hacer? El señor Mano no podría ofrecerme sino un guisote grosero. ¿Entraría en algún café o figón? No, porque mi pusilanimidad veía alguaciles en todas partes, y se me figuraba que ni siquiera me dejarían llevar la cuchara a la boca. ¿Iría a casa de algún amigo? Ugarte estaba fuera de Madrid, y quizás perseguido también. De Villela y otros personajes no me fiaba más que del demonio. Pensé ir en busca de don Gil Carrascosa, hombre que me debía favores, o de don Bartolomé Canencia; pero luego discurrí que las casas de donde más rápidamente debía huir eran las de aquellos que tenían algo que agradecerme.

De pronto vi a cuatro personas que me inspiraron una idea felicísima. Eran Carlos Navarro y don Miguel de Baraona, que iban por la calle de la Montera hacia la Puerta del Sol, acompañados de los dos zafios amigos que con el primero vinieron del norte. Antes me metiera yo mismo en la cárcel que presentarme ante aquellos hombres fanáticos, capaces de hacer conmigo una felonía; pero con la certeza de que estaban ambos fuera de casa, bien podía pedir amparo a la señora doña Jenara, que de fijo no me lo negaría ni me vendería.

—Si Jenarita está en su casa —me dije corriendo allá—, comeré y comeré bien.

Poco después entraba yo en la calle de Enhoramala vayas, para pasar a la de Sal si puedes. Esta tenía poco que andar. Componíanla dos casas humildes, otra suntuosa, y una tapia de corrales o jardines. La suntuosa, como muchas personas, tenía mejor alma que cuerpo, es decir, que su aspecto vetusto y feo no correspondía a su comodidad interior. De poca fachada, extendíase mucho en el fondo de la manzana, y lo mejor de ella era la crujía de poniente, que daba a un patio donde estaban las cocheras. Este patio tenía la salida a la calle de Aunque os pese. Aquel pequeño barrio de nombres tan extraños, era entonces más solitario aún que ahora.

Entré resueltamente. Por fortuna Jenara no había salido de casa, y estaba sola. Tan solo su doncella tuvo noticia de mi visita.

Expuse a la generosa dama la aflictiva situación de mi estómago, rogándole encarecidamente que si me daba de comer lo hiciera pronto, para evitar el peligro de un encuentro con los feroces Navarro y Baraona. Ella se rió mucho de mi extraña facha, y me dijo:

—Hace usted bien en temer a mi marido y a mi abuelo, que ni disculpan ni perdonan. Están furiosos contra usted, y si le encontraran aquí serían capaces de entregármele atado de pies y manos a don Buenaventura.