—¡Miserable sayón!

—Anoche estuvo aquí, y dijo de usted mil picardías. ¡Pero qué atrocidades ha hecho usted, Pipaón!... Conspirar así, escribir cartas, juntar dinero... qué sé yo... Es usted un Robespierre. Dice el marqués que no se consolará en toda su vida de que se le escapara usted, y que daría un ojo de la cara por atraparle.

—¡Bandido!... Pero si usted tuviera la bondad de darme de comer... Ahora o nunca: me muero de hambre.

—Al momento. Pero van a decir que soy encubridora de revolucionarios, y el marqués querrá prenderme también.

Inmediatamente dio órdenes a su doncella para que me trajese lo que tan imperiosamente pedía mi pobre cuerpo. Ella misma tendió un mantelito en el velador de aquella estancia, que era la suya, y me iba poniendo delante los platos, amenizando el festín con discretas observaciones y celestiales sonrisas. Yo caí sobre los manjares como el tigre sobre su presa.

—Perdone usted si como groseramente —le dije—. Un condenado a muerte tiene derecho a prescindir de ciertas reglas.

—¡Parece mentira! —exclamó—. ¡Usted revolucionario, usted liberal!...

—Señora, no haga usted caso de infames calumnias. Mis enemigos discurren infernales embustes para perderme. Ya disiparé yo las nubes que empañan el limpio sol de mi reputación. Deje usted que pase este chubasco...

—Triunfen o no los revolucionarios —dijo ella sentándose frente a mí y apoyando el codo en la misma mesa donde yo comía—, lo cierto es que los conspiradores lo pasarán mal. Casi todos están presos, ¿no es verdad?

—Creo que sí.