—Sin embargo, no se oye decir que ajusticien a ninguna persona conocida.
—Incomparable está esta gallina —repuse, más atento a la reparación de mis fuerzas que a la suerte de los conspiradores.
Cuando empecé a reponerme y a sentirme dueño de mí mismo, fijáronse mis ojos con singular deleite en la hermosísima figura que tenía delante de mí. Nunca me había parecido Jenara tan bella. En la nueva mansión su hermosura soberana se realzaba con el lujo que el generoso marido había acumulado allí, labrando de este modo el único estuche digno de alhaja tan preciosa. Fuera por una irradiación admirable de la privilegiada naturaleza de Jenara, fuera porque la casa era en realidad muy linda, todo lo que veían mis ojos tenía el más puro sello artístico. Cuadros, tapices, muebles, cornucopias, ofrecían mil formas encantadoras que extasiaban la vista. El oro y el blanco, las tintas brillantes admirablemente armonizadas, llevaban los ojos de sorpresa en sorpresa. Los excesos del lujo, que generalmente traen el mal gusto, eran allí, o al menos a mí me lo parecía, un esfuerzo sublime de la imaginación, comedida siempre en su delirio.
En su propia persona los encantos de Jenara eran, como siempre, superiores; pero allí su grave y dulce sencillez brillaba más que cuando vivía en mi casa. Siempre tuvo el raro instinto de ataviarse elegantemente, y la no aprendida ciencia, por la cual una mujer privilegiada sabe estar preciosa con el adorno más insignificante. Aquella tarde en que me dio de comer, vestía con la negligencia cuidadosa que parece han de emplear las que siempre quieren estar bien, aun sabiendo que nadie ha de verlas. Sobre su cuerpo no había más que dos colores, el blanco y el negro; este en una copiosa sarta de cuentas que pendían de su cuello, adorno muy usado entonces. Su traje blanco, conjunto delicado de graciosos caprichos de aguja, de pliegues y rizos, era un plumaje maravilloso, que a causa de la estrechez de los talles de entonces, cubría delicadamente sus incomparables formas sin desfigurarlas, respetando cuanto el divino cincel modeló en aquel hermoso barro humano, es decir, no aplastando ningún bulto, ni llenando ningún hueco, ni alterando con importuno arte la más acabada estatua en cuyo tibio mármol han vibrado nervios, y corrido, por las azules venas, hilos de impetuosa sangre.
Cuando se movía de aquí para allá trayéndome lo que yo había de comer, parecía una hechicera de magia, que cuidaba de mí, niño extraviado en la caverna, entre maravillosas transformaciones: primero maltratado por ogros horribles, después mimado y agasajado por las blancas manos de las hadas. Caía la tarde, y la dulce luz crepuscular que entraba en la estancia por las ventanas abiertas al patio y a la calle de Aunque os pese, derramaba en torno mío, entre ella y yo, una dulce onda de tristeza. Cuando yo concluía de comer, sentose, como he dicho, frente a mí, apoyando el codo en la mesa y la mejilla en el puño. En primer término yo veía un brazo que a ninguno otro puede compararse, blanco, torneado, de una pureza y corrección admirables. Distinguíanse en la suave penumbra de lo interior de la manga las morbideces del antebrazo que se perdía al fin entre la batista, seguido hasta lo último por mi ansiosa vista. Tenía los ojos medio cerrados. No sé por qué todo allí era tristeza. Yo exhalé un suspiro tan hondo, que Jenara se conmovió cual si oyese un grito.
—¿Qué tiene usted? —me dijo.
—Estaba pensando, señora mía, que el señor don Carlos, mi antiguo amigo y esposo de usted, es el hombre más feliz de la tierra.
—¿Por qué?
—Porque es dueño de tanta hermosura.
Jenara hizo un gesto de desdén.