—Pero no sabe apreciar su felicidad, señora mía —añadí—, y con sus ridiculeces y manías mortifica a este ángel de gracia y bondad.

—Galán está usted —me dijo sonriendo—. No extraño que usted hable así de Carlos. Todo el mundo conoce lo mal que me trata. Ni siquiera tiene el tacto de guardar para mí sola sus impertinencias, sino que delante de los amigos suele ofenderme...

—Él mismo confiesa que es un bruto; pero su alma y su corazón son excelentes. Procure usted domesticarle, y...

—No sirvo para domadora —me contestó, moviendo con insistencia su linda cabeza—. Él se cansará o se corregirá. ¿Qué puedo hacer para convencer a un hombre que se encariña con sus errores y con sus sospechas? Cuando alguien intenta quitárselas, Carlos se enoja como si le quisieran robar un tesoro.

—Sí, muy bien dicho. Es avaro de sus tenacidades y equivocaciones. ¡Cabeza de granito! Se estrellará, pero no dirá jamás: «me equivoqué.»

—Esto tiene que concluir de un modo o de otro. Es imposible vivir así. Cada día una cuestión; cada hora una disputa. ¿Y por qué? Por nada, por fantasmas. Sepa usted que el cerrar los ojos y el abrirlos es en mí un indicio de infidelidad, según mi marido. Aprenda usted a tener perspicacia.

—¡Detestable sistema es ese! Conozco algunos maridos que por buscar tres pies al gato, han hallado los cuatro. Mucho cuidado, señor Garrote, vais por mal camino... No crea usted: yo le reprendí; le dije media docena de verdades... pero no hace caso. Tiene a gloria el equivocarse. En disparatar consiste su orgullo.

—Ahora con estas cosas de la revolución que viene, está insoportable —dijo la dama con ademán ponderativo—. No se le puede resistir... Paso los días entre el temor y la tristeza, asustada cuando le espero y creo que va a llegar, triste cuando estoy sola. Con él tiemblo; sola me aburro. ¿Puede haber situación más horrible? Ha de saber usted que Carlos con sus impertinencias ha llegado a lo que nunca creí, a malquistarme con mi abuelo, que también sospecha, también. Figúrese usted si será deliciosa mi existencia. Ellos dos, es decir, toda mi familia, están contra mí. A mi lado no hay nadie más, ni hermanos, ni hijos, ni siquiera amigos... Las amistades, cualesquiera que sean, me están prohibidas... ¿No es verdad que soy digna de lástima? La cabeza hecha un volcán y el corazón vacío, enteramente vacío.

—¡El corazón vacío!, es decir, holgazán... ¿Qué de cosas no discurrirá el muy tunante para poder entretenerse... eh?

En el mismo instante sentimos ruido de voces y pasos en el interior de la casa.