—¡Carlos! —exclamó Jenara con el mayor sobresalto.

—¡Jesús, María y José! —dije yo sintiendo que flaqueaban mis piernas—. ¿Dónde me escondo, dónde?

—Váyase usted. Está usted perdido si él le ve.

Jenara y yo, llenos de confusión, no sabíamos qué partido tomar.

—Escóndase usted aquí —me dijo la dama, mostrándome un armario, que abrió precipitadamente—. Después saldrá usted.

Escurrime dentro. Yo no era hombre, yo era un papel. Creo que me hubiera metido entre dos platos. De tal modo me hacía flexible el miedo.

Poco después de esconderme, entró Carlos. Yo no le veía; pero le sentía. El resoplido de la fiera, llegando a mis oídos, me ponía los cabellos de punta. Acompañábale uno de sus amigos, el llamado Zugarramurdi, que era el más bruto. Estuvieron los tres en silencio durante breve rato. Sin duda Carlos estudiaba el semblante de su mujer.

—Jenara —dijo al fin—, el portero me ha dicho que entró hace poco un hombre y que no ha salido.

—¡Un hombre!... —repuso ella—. No sé...

Su voz temblaba.