—¡Singular cosa! —dijo Carlos con marcado acento de ironía—. Pero como en estos tiempos hay tantos ladrones...
—Se registrará la casa —indicó con bronca voz el amigo.
Yo me quedé yerto; yo era un cadáver.
—Como no sea... —murmuró Jenara—. Sí... hace poco estuvo aquí un señor, preguntando...
—¿Preguntando qué? —vociferó Garrote—. Sosiégate, mujer... te doy tiempo para que medites lo que quieras decirme... No se ocurren siempre buenas ideas para ocultar la verdad. Los más listos se turban... ¿Conque entró uno preguntando...?
Sentí el chasquido de los maderos de la silla en que la bestia se sentó.
—Un hombre, no sé quién... —continuó Jenara en tono más tranquilo y algo altanero—. Si no lo quieres creer, no lo creas. Me parece que era el que anoche fue contigo en busca de Pipaón.
Hubo una pausa. ¿Le convencería?
—¡Pipaón! —dijo el amigo—. Juraría que le encontramos hoy en la calle.
—¿Y por qué no me lo dijiste? —repuso Carlos con violencia—. ¿Crees que me importa pescar en medio de la calle a un sapo, liarle una cuerda a los brazos y llevarle a la Superintendencia de policía?